Un relato sobre comunidad, niñeces y espacio público en la periferia urbana.
El Renacimiento, también llamado Mi Esperanza, es una pequeña colonia en el corazón de Las Joyas. Quedó enquistada dentro de uno de los barrios más numerosos y antiguos, con el que el paisaje comenzó a mutar desde los años 80: Balcones de La Joya. Durante un tiempo ese ocultamiento administrativo provocó su invisibilización política. Luego de su descubrimiento, su abandono; donde hay pocas casas, hay pocos votos. Pasado el tiempo, su secuestro.
Bordeada por el arroyo La Joya al sur, la colonia se conforma de apenas cinco cuadras y cuenta con un único acceso pavimentado, además de un área de donación de poco más de 4 mil metros cuadrados. Llegué a la colonia en abril de 2022 y concluí mi trabajo de campo en agosto de 2023. Recuerdo bien la llamada telefónica de la entonces presidenta de colonos, Isabel Rivera*:
—Más de veinte años, joven. Veinte años solicitando un parque para nuestra área de donación donde lxs niñxs puedan jugar y haya árboles para tener sombra.
Se habían cansado de solicitar ayuda al gobierno, por lo que optaron por buscar alternativas con las organizaciones de la sociedad civil. Cuando la conocí en persona, Isabel cargaba un folder de plástico con un montón de copias, cuidadosamente ordenadas por mes y año. Hojeaba la correspondencia, oficio tras oficio, firmados de recibido por la burocracia local sin que alguna misiva hubiese tenido efecto.
Comencé con el proceso de acompañamiento convocando a una asamblea vecinal para escuchar a las vecinas y entender el sentir de la comunidad. Con plumones y rotafolios en mano, personas de todas las edades imaginaron su parque. Delinearon espacios de juego y zonas de descanso repletas de árboles. Pintaron senderos y un área circular en el centro donde hacer lunadas con fogata.
Trazaron la zona de la cancha y el foro —para las presentaciones de la Pastorela, dijeron—, y señalaron la importancia de incluir contenedores para mantener limpio el parque. Soñaban con un huerto y palapas con asadores para reunir a las familias. Isabel carga además con un viejo mapa que habían solicitado a un arquitecto.
Los veinte años pesaban. La gente tenía claro lo que quería y lo quería pronto. A la asamblea se presentó un funcionario perteneciente a la Dirección de Medio Ambiente, cercano a la alcaldesa Alejandra Gutiérrez —todavía no se fundaba la Red de Parques de León, en la que luego fue un subdirector. La coerción de los liderazgos populares es tal, que nada ocurre a espaldas del Partido y se había enterado de primera mano que tendríamos reunión.
—Vamos a hacer el mejor parque —declaró, pese a la lluvia previa de quejas antigubernamentales—, solo se trata de colaborar y poner manos a la obra.
El funcionario insistió sin mucho éxito. No solo en la asamblea, sino en semanas posteriores en las que no se le volvió a ver. La comunidad iniciaba algo distinto. El plan que acordamos fue seguir con el mantenimiento del área de donación, continuar con la plantación de árboles y comenzar a usar el espacio como parque. La comunidad se prendió. Las retas de futbol se fijaron los lunes por la tarde, un día a la semana en el que niñxs, jóvenes y adultos confluían a nada más que a jugar.
Las adultas se impusieron en la tradición de colocar su silla a la orilla del campo para contemplar las retas, desde donde juzgaban las mejores atajadas. Las mujeres salían de sus casas con jarras de limonada para auxiliar a los jugadores sedientos. No solo disputaban los goles, sino el género y la participación comunitaria. Niñas y mujeres reclamaron a los varones su inclusión en el juego, a quienes no les quedó de otra que acceder, además de moderar su fuerza. Por unos instantes, los veinte años de espera se habían esfumado. El parque se vivía.
En paralelo al trabajo con la comunidad se hacían las labores de gestión. Se necesitaba renderizar el diseño de la comunidad y elaborar un plan de ejecución, además de solicitar la asignación de uso y destino de suelo para el área de donación. Para esto último se hizo una consulta con la comunidad. Casa por casa buscamos que la gente tuviera la oportunidad de elegir si querían o no un parque y que esto quedara respaldado por un ejercicio lo más democrático posible.
Para la Dirección de Desarrollo Social este proceso fue demasiado y lo desestimó señalando que para formalizar la decisión se necesitaba un acta de asamblea dirigida por funcionarios y sellada por la administración. Sus asambleas desiertas lo único que demostraban era el rechazo de la comunidad por las formas de participación estatales y, sin embargo, insistían en ellas como mecanismo de legitimidad.
Al cerrar el año 2022, la administración municipal lanzó el programa de presupuesto participativo Participa León. Para el 2023 El Renacimiento recibió una coartada: inscribir el proyecto del parque y recibir finalmente el financiamiento gubernamental para su añorada área de donación.
Nuestros pobres y lentos esfuerzos de gestión de equipamiento urbano estaban perdiendo la batalla por la provisión de recursos a las comunidades, y nuestros intentos de formalizar acuerdos de colaboración con funcionarios de todos los niveles tampoco rindieron frutos: el proceso de diseño participativo del parque que se había avanzado debía comenzar de nuevo en los propios términos de la Dirección de Desarrollo Social.
Isabel Rivera había migrado a Canadá y una nueva vecina, Amalia, ocupaba el cargo de presidenta de colonos. Amalia, que había estado desde el principio en la organización, comenzaba a ausentarse de las jornadas de juego. Un día solo me informó que optaban por el acompañamiento del agente de la Dirección de Desarrollo Social, por lo que no podían continuar con nosotros. Ángeles, otra vecina, confesó:
—Nuestro agente nos dijo: “O con Auge o con nosotros. No pueden participar con dos bandos a la vez”. Además, dijo que Auge se apropiaría del área de donación de la colonia como se había apropiado del Parque del Bosque la Olla.
Intentamos contactar a los funcionarios, exponer el conflicto y celebrar una asamblea de mediación y diálogo. No tuvimos éxito, pese a que recibimos guiños cínicos de colaboración. En una o dos reuniones más, las vecinas respaldaron la decisión y se oficializó nuestra salida de la comunidad. Fue un cierre atropellado y doloroso. Se dijo que yo debía dinero a la comunidad, luego que era la presidenta, Amalia, quien se lo había quedado para remodelar su casa. Entiendo por qué Amalia decidió esconderse de mí durante tantas semanas.
Una de mis últimas actividades en El Renacimiento fue instalar unas porterías de acero. Teníamos que traerlas de Rizos y Luis, un vecino muy activo en los partidos de futbol, prestó su camioneta. Esperábamos una gran asistencia, pero al llegar con la camioneta cargada, Luis y yo advertimos el vacío. Pasaba media hora de la hora de reunión para la jornada de colocación de las porterías y no se miraba ni un alma, salvo niños y adolescentes que, al vernos, se acercaron con el rostro lleno de ilusión.
Luis y yo nos lamentábamos la falta de asistencia, cuando uno de los pequeños llamó nuestra atención, señalando en nuestro rostro el sesgo de autoridad:
—Yo puedo ir a comprar cemento, solo me falta dinero.
Le di un billete de $200 y entre tres fueron por un bulto. Regresaron urgidos y sudando, azotando el costal sobre la cochera de una casa que colinda con el campo. Salió otro niño de la nada acarreando una cubeta de agua, y otro más traía grava y arena con una pala.
De un momento a otro ya estaba lista la mezcla y también los hoyos donde colocaríamos las porterías para encementarlas. Los niños, de entre 8 y 12 años, levantaron con sus propias manos y algo de ayuda ambas porterías. Abrimos una lata de pintura blanca de aceite y el sol se puso cuando dimos los últimos retoques.
Meses después de nuestra salida de El Renacimiento una mujer del grupo que acompañamos, Gina, me llamó por teléfono. Le pregunté con genuina preocupación si habían salido ganadoras del presupuesto participativo, a lo que contestó que no, quejándose de paso de la presidenta Amalia y del agente de Desarrollo Social:
—Ni avanza, ni nada. Ya ni nos juntamos. La presidenta está peleada con Ángeles y con Eve y con todas, y el agente no hace nada.
Los niños de El Renacimiento nunca se rindieron. Fue el mundo adulto el que los defraudó.
Alonso Merino Lubetzky
León, Guanajuato, mayo de 2026
*Los nombres de las personas de El Renacimiento son ficticios.

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