Un cuarto vacío: Hiperdependencia al reconocimiento o cuántas vistas necesita uno para sentirse alguien en la vida

Para el día en que escribo esto han pasado 16 días desde que desinstalé todas las redes sociales personales de mi celular. Nunca antes imaginé que dejar de usar Instagram, X (antes Twitter) o Facebook iba a tener consecuencias en mí similares a los efectos de un síndrome de abstinencia. Soy adicto al tabaco con 578 días sin consumir un solo cigarro o producto derivado, así que conozco a la perfección lo que la abstinencia significa y los efectos que tiene en la salud mental y física.

Bueno, pues aquí voy a contarles lo que esa abstinencia a las redes me ha provocado en estos días. Sin otra intención de por medio que comunicar sus efectos, reflexionar sobre ellos y repensar mi propia existencia en voz alta. No pretendo tampoco subirme a un pedestal moralino desde el cual enjuiciar a quienes usan las redes en mayor o menor medida.

Creo que tengo ya algunos años con esta intención: abandonar las redes. Al hablar sobre los efectos de ese abandono en proceso, y sin certeza alguna de cómo va a terminar el intento, voy a escribir también sobre los efectos de su uso, que han quedado expuestos con mucha mayor claridad para mí, precisamente, al dejar de usar las redes.

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Pretendo hacer un diario de mi proceso de abstinencia y colocar aquí, de tanto en tanto, algunas líneas sobre mi propia experiencia. En esta entrada voy a destacar la hiperdependencia al reconocimiento. Miren, que no sé si el término ya exista en algún paper muy sesudo publicado en el Google Acádemico; capaz que sí, mil perdones para el/la «autor/a». Pero al menos así lo nombro porque así lo entiendo. Esto que pasa cuando sientes una necesidad, casi autónoma, de contar cualquier cosa que suceda en tu vida que pueda parecer interesante de mostrar a la sociedad.

La pregunta es por qué pudiéra ser interesante para otrxs saber lo que me pasa —otrxs los cuales apenas y me conocen (pensemos en todos los contactos o seguidores que tenemos con quienes solo hemos coincido una o dos veces, algunos ni eso) — y por qué esta necesidad de contar a los cuatro vientos sobre esto que coloquialmente conocemos como «logros» (achievements, dicen en el gabacho); según yo, un vocablo de la narrativa del coaching (brazo desmovilizador del capitalismo en la era de Zukerberg, Elon Musk y TED) que se nos coló sin darnos en cuenta para nombrar la forma en la que entendemos los acontecimientos de nuestra vida. Ojo que acontecimiento lo empleo intencionalmente. Es un concepto que estoy tomando de la historia, porque alguna vez lo entendí teóricamente y me pareció hermoso.

De tal suerte que si nuestra vida son un cúmulo de acontecimientos entrelazados a los acontecimientos de/con otrxs, las redes lo que nos provocan es la necesidad de relatarlos, prácticamente al tiempo que suceden. El ejemplo más didáctico de esto es cuando vamos a un concierto y vemos a la gente, masivamente, grabando con su celular el mismo acontecimiento que otras miles de personas están experimentando.

Todas grabando, al mismo tiempo, la misma imagen que quedará mejor grabada con la cámara oficial del concierto; es posible que haya otros conciertos de los mismos artistas ya subidos a Youtube, lo cual en principio tendría que dejarnos tranquilos de que es mejor experimentar el concierto con todos los sentidos que grabar algo que va a ser grabado otras miles de veces y que seguramente acabará también en YouTube.

Otro ejemplo. Afortundamente (sí, afortundamente), mi memoria alcanza los tiempos antes de Facebook. No hay en mi historial registro alguno de mi primera palabra, ni de mi primer chiste, ni de mi primer concurso de matemáticas, ni de mi primer viaje a la playa, ni de mi graduación de secundaria, ni hay grabación de mis partidos de basquetbol, de nuestra casa en Cholula, ni de mis hámsters a quienes tanto quise.

El único que tiene el poder de recuperar esos acontecimientos soy yo y la gente más cercana a mí, familia y amigos, mediante el recuerdo y la conversación; naturalmente habrá algunas fotos y negativos empolvados dentro de una caja en un armario, esperando pacientes a ser descubiertos por la curiosidad, pero nunca encontraré un material en cantidades industriales de recuerdos capturados como sucede hoy al abrir un perfil cualquiera en redes.

Hoy es inconcebible esto. Cumpleaños > publicar; graduación > publicar; desyuno rico > publicar; nuevo trabajo > publicar; otro viaje > publicar; compré coche > publicar; mi hija dijo «papá» > publicar; entrar al posgrado > publicar. Vamos al punto: esa pulsión de vivir para contarlo en redes y fabricar tu propio avatar, y no de situarse en el acontecimiento recibiéndolo con todos los sentidos para que quede impreso en la memoria.

Es aquí donde, por otro lado, los grandes magnates de las redes sociales hacen fortunas administrando nuestra memoria. Y nuestros gustos y nuestros deseos y nuestros anhelos más profundos y…

¿Por qué? Identifico que la razón está en la posibilidad de ser nosotrxs mismxs emisores de nuestro propio relato; es lo que se ha llamado la «democratización de los medios de comunicación»; un chiste que se cuenta solo. Todo bien hasta aquí. Tampoco voy a entrar en las ventajas que ha representado esto, por ejemplo, para movimientos sociales, el periodismo independiente, la sociedad civil organizada, para ejercer un contrapoder frente al Estado, frente al capital y hasta para la posibilidad de la revolución (pienso en la primavera árabe, el #MeToo y el #YoSoy132 en México).

Obviamente que las redes en este último sentido constituyen ventajas. Indiscutible. También lo representan para el reencuentro de amistades y familiares lejanos. Tampoco hay discusión aquí.El tema es específicamente, volviendo, la hiperdependencia al reconocimiento. Me di cuenta de esto cuando cumplí alrededor de una semana sin redes sociales en mi celular.

Me encontré, de pronto, sin ninguna palmadita en la espalda. La sensación es como cuando uno asiste a un evento, fiesta o cosa social a la que te invitan, entras al lugar de la cita y no hay un alma. Un cuarto vacío, todo blanco y frío, con una mesa con un pastel lleno de moscas y los refrescos ya sin gas. También es similar a la sensación de salir a la calle un 01 de enero: calles desiertas, sin tráfico, sin ruido. Bueno, así, pero todo el tiempo. Silencio.

Fue entonces que entendí que lo que me pasaba es que, de un momento a otro, había perdido a mis pares. Esos otrxs respondientes a mis estimulos arrojados en forma de caracteres o imágenes esperando alguna suerte de validación. Lo más duro es darte cuenta de que las plataformas de redes sociales y sus apps no han dejado pasar la oportunidad de lucrar con esto.

Al usar redes sociales estamos enganchados a la más mínima validación de los otrxs, entregando, de paso y sin cobrar renta, nuestra información a esas grandes compañías extractivas; en este caso, de datos. El ejemplo de esas mínimas validaciones son las vistas que uno recibe. Puede no haber un like, un comentario o reacción, pero si alguien ya nos vio (es decir, vio nuestra actividad en línea) la fiesta de pronto se llenó de invitados, las calles regresaron a su caótico movimiento, y perdemos la sensación de soledad.

Al no usar las redes sociales, la validación viene de la sociedad «fuera de la nube», como sucedía hasta antes de 2004 cuando se fundó Facebook. Fuera de las redes, la validación es comunitaria: la gente con la que interactuamos en nuestro día a día. El efecto es el mismo. Necesitamos validación de los otrxs para formar nuestra identidad. Esa necesidad de reconocimiento es también indiscutible.

Lo que destaco aquí es la magnitud de esa necesidad de reconocimiento y los efectos en nuestra identidad al usar las redes. Ocurre como una pulsión que pide a gritos validación, a costa incluso de compartir cualquier cosa irrelevante [gruñe]. Se muestra mediante el deseo de expresar y mostrar a cientos otrxs (nuestros «seguidores» o «amigos») quiénes somos, qué pensamos, en qué andamos, qué opinamos, de prácticamente cualquier cosa.

Afortundamente hay fans para todos y también la necesidad universal de ser expertos o estrellas de cualquier arte. Las redes permiten esa orgía de hiperreconocimiento con la que ya tuve suficiente.


Foto de portada: Una captura personal de un lugar en el que logré sentir el mundo fuera del ronroneo de la máquina.

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2 respuestas a “Un cuarto vacío: Hiperdependencia al reconocimiento o cuántas vistas necesita uno para sentirse alguien en la vida”

  1. ¿Esta bien si lo comparto en redes? Aysi. Gran reflexión amigo, me hizo reflexionar en mi uso, que si bien no es de hiperreconocimiento porque no comparto tanto, sí es de hiperinteraccion, a veces doy likes como reflejo muscular….

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    1. ¡Gracias por leer, amigo! De acuerdo en que los usos son diferentes y también los efectos, que pueden ser muchos. ¡Compártelo, sí! 🙂

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