En esta entrega voy a recuperar las ideas de Carlos Skliar y su texto Diez escenas educativas para narrar lo pedagógico entre lo filosófico y lo literario con la intención de reconstruir escenarios pedagógicos que nos lleven de la hostilidad de la enseñanza/explicación a la hospitalidad del estar-juntos. Estas son diez escenas que permitirían inducir mutaciones de fondo en lo educativo a partir de reparar en sus figuraciones actuales y sus posibles refiguraciones: enseñar, explicar, evaluar, experiencia, hospitalidad, estar-juntos, lección, lector, razón jurídica y gestos mínimos.
Nuestro autor parte de que «lo que se enseña bien podría partir desde cualquier lugar, desde cualquier enseñante, a partir de cualquier ‘mostrante’». Y sigue:
«Si hay un dibujo del enseñar, bien podría ser éste: alguien, algo, indica hacia otro alguien, hacia otro algo. Alguien es cualquiera que desea mostrar algo. Algo es, por ejemplo, un libro, un texto, un fragmento, una palabra, un juego, una conversación, un asunto, una música, un silencio, un movimiento, la escritura, el tiempo, la acción, la memoria».
1. Enseñar
Skliar comienza recordando una pregunta de Jacques Derridá: «¿Se puede enseñar a vivir?». Si de algún modo esto es posible –dice Skliar–, es dejando fuera al yo como impostura o como amenaza, como autoridad de lo que es la vida que le instruye al otro, desde una personalidad engrandecida, lo que es, pues, la vida.
Fuera de toda pretensión de mostrarle a los otros un canon de lo que es vivir, la enseñanza a vivir es apenas mostrar, apuntar y dejar abierta la demostración. Enseñar a vivir es señalar la vida sin esperar que sea mirada.
2. Explicar
Educación es tradicionalmente un sinónimo de explicación. Pero Skliar se pregunta si la educación y la pedagogía podrían prescindir de esta imagen por ser un imperio absoluto y tiránico de la construcción de la incapacidad del otro. La imagen del maestro explicador que inventa al otro para justificar su existencia como explicador. Explicador e incapaz son un binomio constitutivo de la pedagogía dominante. El explicador necesita de construir incapaces para aprender, solo así cobra sentido su explicación. Lo que resulta de esa invención de imposibilitados es el empequeñecimiento del otro y el aumento, inversamente proporcional, de la soberbia del que explica.
3. Evaluar
El concepto de evaluación es objeto de renovación en las políticas de educación. Cada tanto, una nueva forma de definir la evaluación aparece: co-evaluación, heteroevaluación, evaluación institucional, evaluación dirigida, etc. En la práctica estas nuevas políticas pretenden instalar nuevos modos de pensar la educación que derivan de una decisión técnica e imposición moralizante. Se trata de corregir un vocablo mal pronunciado con cada nueva de definición política. Se trata de cambiar el lenguaje en un orden formal, pero no vinculado al orden de lo cotidiano. La evaluación, tal y como está dispuesta hoy, es hostilidad, más no educación.
4. Experiencia
De la experiencia suele hablarse en modo de aparente exterioridad: de lo que pasa, de lo que ocurre, como fuera de, en esta búsqueda implacable de la distancia de lo que sucede. «Pero ni una palabra acerca de aquello que nos pasa, aquello que nos ocurre», dice Skliar.
La experiencia es sabernos finitos, limitados, dóciles, inseguros, frágiles. Pero hay quienes insisten en que la experiencia es algo ajeno a nosotros, un espacio-tiempo fuera de nuestros cuerpos que está en otra parte y no en nosotros. «Ten experiencias para que puedas crecer», «aprende de las experiencias», siempre pateando hacia otro lado la capacidad propia de vivenciar. Reafirma Skliar, que la experiencia es todo lo contrario a la ajenidad. Nadie puede vivir las experiencias de otros, ni asumir que los otros no las tienen. Vivir es experienciar.
5. Hospitalidad
Skliar dice que hay una Ley de la hospitalidad y leyes (en minúscula) de la hospitalidad. La Ley de la hospitalidad es que es incondicional. Es el recibimiento del otro sin cuestionamientos, la apertura radical, la acogida, sin intenciones algunas de asimilar o saber. A esta Ley le sigue el silencio, dejar que el otro decida si viene o va, «silencio ético», dice Skliar. Es la puesta en marcha de la espera, la inversión del cuestionamiento del que llega hacia el que le recibe, y no viceversa.
La hospitalidad es también una responsabilidad ética, una relación desinteresada, se dirige al otro en tanto humano, no en tanto sujeto materializado y diferenciado. No se es responsable éticamente con el otro con diferenciaciones. Es «responsabilidad sin fondo». Una hospitalidad universal y eterna, sin límites.
6. Estar-juntos
La convivencia no se constriñe a la suma o resta de cuerpos y presencias físicas. Es así como se le define últimamente. Al contrario, la convivencia es contingencia de la existencia. Así, conflictiva, turbulenta, indeterminada, intranquila. Hay convivencia –dice Skliar – porque «hay una afección que supone, al mismo tiempo, el hecho de ser afectado y el de afectar; porque convivir, estar en común, estar juntos, estar entre varios».
El estar juntos no es continuidad, ni eficacia comunicativa, es más bien el impacto de la presencia de uno sobre otro, del desplazamiento de la quietud a la fricción. Y de ahí que las posturas que definen convivencia como una ausencia de conflicto o tolerancia lo único que hacen es capturar configuraciones posibles de la convivencia, normarla, dictarla, institucionalizarla. Pero también pregunta Skliar junto con Jean-Luc Nancy «¿Cómo tocar al otro y ser tocado por el otro sin ser violado?” La convivencia está en los límites del otro y de nosotros, tocar al otro es tocar su límite; su cuerpo, impenetrable e inviolable es ese límite.
7. Lección
Carlos Skliar nos coloca tres figuras de educadores, maestros que enseñan, que provienen de tres formas de usar la lengua: el retórico, el gramático y el poeta.
El retórico, quien, al usar una lengua elevada, un lenguaje remozado, lo que hace es borrar la posibilidad de otras voces. No puede haber una voz más interesante, ni un decir más preciso que la propia. «Aniquila la voluntad del otro de oír y decir». No da lección alguna, más que de retórica.
El gramático, que insiste en la estructura de la lengua, que los otros se pronuncien según las normas del habla y de acuerdo con un método. Para el gramático hay estructura incluso en los silencios. No da lección alguna, más que de gramática.
El poeta no desea controlar a nadie, no busca ser entendido. Lo que desea es que le escuchen y hacerse escuchar. No explica siquiera, se deja ver y oír.
«La diferencia entre el retórico, el gramático y el poeta no es ociosa, pues la pedagogía insiste en ser aquello que muchas veces niega el ver y el dar a ver, que niega el tocar y el dar a tocar, que niega el oír y el dar a oír. Explica, eso sí, qué es ver, pero con ojos ajenos, distantes, silenciosos, autoritarios. Explica, eso sí, cuáles son las miradas disponibles, pero con ojos apenas escudriñadores y evaluadores. Explica lo que es tocar, sin tocar, y eliminando el tocar del otro. Explica lo que es escuchar, pero sin escuchar, ignorando lo que podría ser el escuchar del otro» (p. 11).
8. Lector
Skliar enfatiza que la lectura obligatoria es todo menos lectura. Es malestar, es el olvido de la lectura, su falta. «Se retuerce el alma al percibir que la lectura se haya vuelto estudio a secas, ir al punto, ir al grano, ir al concepto». Ya no hay lectores, sino decodificadores, reductores de textos.
Una otra lectura es posible, como fue, como ha sido, tranquila, sin premura, sin un yo que lee. Hay que eludir la búsqueda de leyes. Le lectura solo puede ser una invitación, una demostración, una donación. «Todo intento de hacer leer a la fuerza acaba por quitarle fuerzas al que lee». Cuando hay método de lectura, de interacción e interpretación de esa lectura, el libro se cierra y la lectura se clausura.
9. Razón jurídica
El «jergoceo jurídico», señala, plaga la convivencia, invade sus lenguajes y la atiborra de fórmulas, prescripciones, excepciones y obligaciones. Sin embargo, la convivencia y los saberes experienciales que de ahí resultan son todo menos normas. Es conflictividad a secas, vulnerabilidad, contradicción.
Por eso la tensión entre razón jurídica y convivencia. Cuando la razón jurídica se impone por medio del derecho y la obligación sobre la convivencia, se pierde la responsabilidad ética, se anulan otros lenguajes para decir el mundo de quienes conviven.
10. Gestos mínimos
Una última escena educativa: la gestualidad mínima del acto educativo. No se trataría, dice Skliar, de lenguajes apocalípticos e hiper-trágicos o heroicos y redentorios. El objetivo sería dilucidar lenguajes mínimos, gestos, para poder pensar sobre lo que nos pasa en la educación y en la vida.
Una primera sensación. Retomando a Nietzsche, Skliar dice que son las experiencias mínimas, los relatos simples, en oposición a las grandes narrativas, los que resultan mejores para pensar los gestos mínimos.
Una segunda sensación. Piensa también en la hospitalidad, entendida como acogida del otro, como resonancia de la relación íntima entre los sentidos propios y extranjeros que se encuentran. Es el paso de la hostilidad a la hospitalidad mediante gestos sencillos que sugiere: «saludar, acompañar, posibilitar, dar entrada, habilitar, conversar, callarse, respirar, dar, ser paciente, estar allí, decir, callar». Ser hospitalario significaría ser comedido, austero, y no enfatizar la gestualidad.
Una tercera sensación. La educación para Todos anula la educación de cualquiera. Por fuerza de lo mayúsculo y lo universal se pierde lo minúsculo y lo particular. La educación de poder educar a cualquiera, a cualquier otro sin que su otredad sea excluida de los gestos mínimos necesarios para educar. La educación para todos no se trataría de refundar el paradigma de la inclusión, rediseñar programas y currículos, sino, dice Skliar, de hacer lo propio de la hospitalidad con el otro: acompañar, permitir, posibilitar, mirar, ceder, dar, dejar, leer, atender, escuchar… Se educaría a cualquiera, a todos y cada uno en lo concreto.
Bibliografía:
Skliar, Carlos. (2011). Diez escenas educativas para narrar lo pedagógico entre lo filosófico y lo literario. Plumilla educativa. Universidad de Manizales.
Foto de portada: The Brazilian Report

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