La negación de la experiencia
En su conferencia “La experiencia y sus lenguajes. Algunas notas sobre la experiencia y sus lenguajes”, Jorge Larrosa hace una invitación a explorar la experiencia y el sentido como alternativa al pensamiento educativo elaborado desde los pares ciencia/técnica del positivismo y desde el par teoría/práctica de la crítica. Se propone aportar algunas claves para reivindicar la experiencia y legitimarla dentro del campo pedagógico, así como señalar algunas precauciones para que la experiencia no sea cooptada lingüísticamente y quede vaciada de sentido.
Frente al agotamiento del debate sobre la educación entre los pares ciencia/técnica y teoría/práctica, Larrosa opone, en cambio, el par experiencia/sentido para pensar la educación de otro modo, “tal vez llamando la atención sobre aspectos que otras palabras no permiten pensar, no permiten decir, no permiten ver. Tal vez configurando otras gramáticas y otros esquemas de pensamiento. Tal vez produciendo otros efectos de verdad y otros efectos de sentido” (p.2).
Su punto de partida es que la experiencia ha sido menospreciada, “tanto en la racionalidad clásica como en la racionalidad moderna, tanto en la filosofía como en la ciencia”. Larrosa expone que, en la filosofía clásica, la experiencia ocupó siempre una posición inferior como origen de conocimiento frente a la razón y la ciencia.
Mientras para pensadores como Platón la experiencia pertenece al mundo de lo sensible, de las apariencias y de las opiniones, la ciencia es el lugar de la verdad, de lo eterno y lo inmutable. Para Aristóteles la experiencia es inferior al arte y a la ciencia, ya que la experiencia solo puede dar origen a un conocimiento específico, mas no universal como la ciencia. En la ciencia moderna, por otro lado, la experiencia se cosifica e instrumentaliza, se vuelve mecanismo de validación de la razón. La ciencia moderna convierte a la experiencia en experimento y la subordina como vía para la formulación de conocimiento con pretensiones de universalidad. Así, dice Larrosa:
La experiencia es siempre de alguien, subjetiva, es siempre de aquí y de ahora, contextual, finita, provisional, sensible, mortal, de carne y hueso, como la vida misma. La experiencia tiene algo de la opacidad, de la oscuridad y de la confusión de la vida, algo del desorden y de la indecisión de la vida. Por eso, en la ciencia tampoco hay lugar para la experiencia, por eso la ciencia también menosprecia la experiencia, por eso el lenguaje de la ciencia tampoco puede ser el lenguaje de la experiencia (p. 3).
La racionalidad dominante no tiene lugar para la experiencia así concebida. Tanto en la racionalidad clásica como en la moderna, no existe lugar para un logos de la experiencia, de lo subjetivo, de lo transitorio, lo finito y lo fugaz, no hay racionalidad del sujeto de la vivencia, no hay logos del cuerpo, ni del sitio.
Larrosa propone –digo yo– una contrarracionalidad de la experiencia, reivindicando aquellas características de la experiencia que han sido nulificadas bajo la consigna impracticable de la objetividad científica.
Precauciones sobre el uso de la palabra la experiencia
Sin embargo, la reivindicación de la experiencia conlleva ciertas precauciones, dice nuestro autor:
- La experiencia no es experimento. No se trata de hacer de la experiencia un objeto medible, cuantificable, una cosa que puede refrigerarse en un laboratorio o archivarse bajo el rótulo “trabajo de campo”.
- La experiencia debe estar desprovista de dogmas y de autoritarismo. Nadie puede imponer su experiencia ni aceptar dogmáticamente la experiencia del otro. La persona de la experiencia conoce sus límites.
- Hay que separar la experiencia de la práctica. En el sentido de conservar para aquella el principio de apertura, de ignorancia y de impotencia. En lugar de la práctica, la pasión, que no de la inactividad o inacción. Conservar para la experiencia el lugar de la receptividad a otros saberes.
- Evitar la conceptualización de la experiencia. La pulsión del homo academicus es la determinación de la realidad, la definición de los límites que pueden ser trazados a una porción de la realidad. Cuanto más rápido defina esos límites más seguridad experimenta. Pero hacer de a experiencia un concepto cerrado es negar su lógica de acontecimiento y su dependencia de los sujetos mismos.
- La experiencia no debe ser un fetiche, ni un imperativo. Hay una técnica de la experiencia, ni una obligación de buscarla, asirla, perseguirla. Hay necesidad de elaborar la experiencia. La experiencia se tiene, porque somos, pero no hay modo de normarla e institucionalizarla.
- Hay que hacer de la experiencia una palabra afilada, precisa y difícil de utilizar. Eso para evitar que la experiencia se convierta en moda y que la experiencia pierda su sentido. Dejar la experiencia indeterminada al mismo tiempo, liberada de linderos fijos es un modo de salvaguardarla.
La imposibilidad de elaborar la experiencia
Para Larrosa lo más inquietante sobre la experiencia es la imposibilidad de elaborarla, de que nos signifique en tanto sujetos de la experiencia. Recupera la sensación de sinsentido en tres autores durante el siglo XX, el siglo de la obstaculización de la experiencia: Imre Kertész como sobreviviente del nazismo, el estalinismo y, finalmente, de la democracia, Walter Benjamin hablando de la Primera Guerra, los campos de batalla y el retorno a la cotidianidad, y Giorgio Agamben sobre la (no)vida en la gran ciudad.
La primera tesis que extrae Larrosa sobre estos tres textos es que “la experiencia ha sido destruida y se nos da en cambio una experiencia falsa” (p.10). Acontecimientos, periodos y contextos de existencia tan funestos como los mencionados, les dieron a los autores la sensación de haber vivido vidas que no eran suyas, de haber tenido experiencias que, si bien formaron su personalidad, no les dieron la capacidad de elaborar esas experiencias. No hay palabras que puedan nombrar las atrocidades o la alienación, la victimización y la violencia extrema.
Ya sea al experimentar el dolor o al regresar la normalidad, hay tiempos y espacios de vida que nos dejan mudos, sin habla que pueda ayudarnos a entender lo que nos pasa.
Esta, precisamente, es la segunda tesis: “que no hay lenguaje para elaborar la experiencia, que nos faltan palabras, que no tenemos palabras, o que las palabras que tenemos son tan insignificantes, tan intercambiables, tan ajenas y tan falsas como lo que nos pasa, como nuestra vida”. En escenarios límites como el Holocausto, la guerra o la industrialización de la vida, el lenguaje no nos alcanza para nombrar lo que vivimos. Despojados de nuestras vidas, hechos a un lado, subsumidos y deshumanizados, no hay modo de tejer los sentidos de la experiencia.
Una tercera tesis, según Larrosa, es que estas catástrofes que aún vivimos de muchos modos nos llevan a que “no podemos ser alguien, que todo lo que somos o lo que podemos ser ha sido fabricado fuera de nosotros, sin nosotros, y es tan falso como impuesto, que no somos nadie o que lo que somos es falso”. Un sujeto desubjetivizado por el horror.
Así las cosas, la posibilidad de re-elaborar la experiencia se encuentra en identificar los dispositivos que nos la niegan y rehuir de ellos tanto como nos sea posible. Recuperar el habla diciendo a nuestro modo lo que nos pasa; ideando lenguajes que permitan decir nuestra experiencia en la forma en la que dignamente la vivimos. Relaborar nuestras vidas, pese a todo, y recordándonos que somos nosotros los sujetos del habla. Las lenguas son nuestras.
Bibliografía:
Larrosa, Jorge. (2003). Conferencia: La experiencia y sus lenguajes. Algunas notas sobre la experiencia y sus lenguajes. En Seminario Internacional “La formación docente entre el siglo XIX y XXI”.

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