Imágenes sobre organización comunitaria, poder y espacio público en la periferia urbana
Tres mujeres esperan bajo la sombra de un pirul a la orilla de un arroyo, en un atardecer hirviendo del mes de marzo. Conversan y me miran mientras me acerco. Ríen y se carcajean. Cuando por fin llego con ellas a guarecerme del sol, me llaman la atención:
—¿Por qué tan tarde?
Miré mi celular: 4:05 pm. La cita era en la hora en punto. Detrás mío venía Julia*, corriendo como siempre. Lupita se acercaba por el lado de Cañada, en retraso igual, con sus cuatro crías a cuestas. Mientras Eugenia y Elsa hacen muecas chistosas, Antonia me devuelve, ya riendo, consciente de hacerme sentir culpable:
—¡Amos! ¿Qué hay que bajar del coche?
—Hoy quedamos en seguir pintando, ¿no? Traje brochas —les dije.
Entre todas juntaron dinero, yo puse una parte y subí caminando a la ferretería en Rizos para comprar medio litro de thinner. Cuando regresé, las compañeras se ensañaban con una llanta atascada en el tepetate. Una tiraba y otra empujaba. Con una barreta otra compañera hacía palanca, hasta que botó.
—Esta estaba mal puesta —dijo Eugenia.
—¿Y cuál es el plan? —les pregunté.
—Vamos a acomodarlas para poner más derechito el camino.
Construían un sendero con llantas y cada martes nos veíamos un par de horas para pintarlas. Una conquista manual y colectiva si se piensa en el suelo compactado de un viejo paso para camiones de ruta en una tierra considerada baldía.
❋❋❋
Cuando llegué a Las Joyas en marzo de 2022, la organización que me contrató, Auge, Autogestión y Educación Comunitaria A.C., me pidió comenzar a trabajar con un comité que se había conformado recientemente, el Comité del Bosque la Olla. Inicialmente, este grupo comunitario se componía de mujeres adultas, algunos jóvenes y uno o dos varones ocasionales. Los años y las rupturas les fueron mostrando que incluir varones requiere asumir problemas entre ellas y, al tiempo, se declararon separatistas, hasta que la organización las convenció de lo contrario.
Las integrantes del comité habían aceptado la invitación de la organización para conformar el grupo con la intención de rescatar un predio que albergaba una zona boscosa y un humedal. Ese predio se conoce hoy como el Parque Bosque la Olla y, pese a los sostenidos atropellos gubernamentales sobre las necesidades y deseos de la comunidad, ha sido recientemente galardonado con un premio internacional llamado Green Flag Award, otorgado por la Asociación Nacional de Parques y Recreación de México.
Mucho tiempo antes de ser equipado por el municipio, el Bosque la Olla ni siquiera tenía un nombre claro. Para la gente de los alrededores, en colonias como Rizos de La Joya, Camino a San Juan, Cañada del Real o El Caserío, este predio de 3.5 hectáreas era un verdadero problema, pues se acumulaba basura, perros muertos y se cometían suicidios. Con la construcción del parque los problemas no han sido resueltos, sino simplemente desplazados hacia otros terrenos de la zona.
Auge A.C. gestionó el rescate del predio, propuso el nombre para el parque y mediante algunos talleres validó el diseño con la comunidad. Luego de entregar la idea de bosque urbano al IMPLAN, la institución devolvió una contrapropuesta ajena a la derivada de las consultas. Ni una ni otra institución facilitaron la autogestión comunitaria sobre el espacio público, sino que la simularon con la mirada puesta en las condecoraciones.
Fue hacia septiembre de 2023 que la presidencia municipal de León inauguró el parque. Destinó poco más de 24 millones de pesos en inversión para la construcción de palapas, andadores, áreas de juegos, baños, caseta y un cerco perimetral. Ese momento inaugural fue al mismo tiempo un hito en el proceso organizativo y un símbolo de impotencia. El parque se pensó como un modelo, tan prototípico que se priorizó la infraestructura sobre los usos del espacio en formación.
Semanas antes de la apertura, observamos cómo los trascabos habían arrancado del suelo las llantas que cuidadosamente las compañeras habían enterrado y pintado durante meses. Llantas que obstinadamente habían reinstalado una y otra vez cuando jóvenes de la zona las quemaban para obtener el alambre de cobre. A tales labores se suma el festival comunitario que el comité había organizado para dar a conocer el parque en los alrededores, convencidas de su labor como promotoras ambientales. Ese festival fue luego institucionalizado por la Dirección de Red de Parques y Espacio Público del municipio.
El parque se transfiguraba frente a nuestros ojos. De ser sujetxs transformando directamente el mundo, pasábamos a ser espectadores del progreso.
—Parece que ya, ¿verdad? —exclamó Antonia, mientras las compañeras, sus hijxs, mi compañera Sarahí y yo mirábamos por los barrotes recién instalados por el municipio—. Tantos años esperando para ya tener el parque…
La sensación de desasosiego era ambivalente. Algunas visitas de la Dirección de Desarrollo Social nos confirmaban que las cosas estaban cambiando. Entre ellas, la decisión sobre qué hacer y cómo hacerlo en el parque. De recaer enteramente en los deseos y acuerdos del comité, así como del pulso que ellas tenían de sus propias comunidades, ahora pasaban a manos del Estado.
Con todo y los desaires, las compañeras esperaban con ansias el día de la inauguración. Insistimos tanto que el gobierno flexibilizó sus restricciones para permitirles ingresar un poco antes del gran día. No me queda duda que lo suyo es golpear con una mano y acariciar con la otra; volvernos esquizofrénicos para desear la gubernamentalidad como alternativa a la exclusión.
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Una hora antes ya estábamos listos. La parafernalia del gobierno se había desplegado desde temprano, como es costumbre. Templete, lonas, 500 sillas distribuidas bajo una carpa gigantesca, funcionarios con gafetes oficiales, micrófonos y cámaras por todos lados. Cuando organizamos nuestra mirada, vimos que camionetas blancas llegaban desde diferentes direcciones. De ellas descendían mujeres, niñas y niños, familias enteras. Vehículos propiedad del municipio y de algunos diputados y regidores repletos de personas.
Como un sable que parte la espera, se escuchó: “Ya llegó, ya llegó”. El nerviosismo crecía. Una muchedumbre se congregó en la entrada recién remozada con los rótulos PARQUE BOSQUE LA OLLA y PARQUE ECOLÓGICO. Frente a la prensa, la presidenta municipal Alejandra Gutiérrez Campos cortaba el listón acompañada de niñas y niños de alguna primaria de la zona, así como de otros funcionarios públicos y políticos de diversa monta.
—¡Ahí viene! —se escuchó un grito.
De pronto, una multitud de personas se abalanzó sobre la presidenta. Entre codazos y pasos apresurados, las mujeres del Comité del Bosque la Olla buscaban el lugar más próximo a la alcaldesa mientras hacía su recorrido por las nuevas instalaciones. La temporada electoral se podían olfatear.
La inauguración del parque provocó una primera ruptura en el comité, cuyas integrantes se disponían de cuerpo completo a participar en la carrera por los recursos y los votos que ya se estaba coordinando desde las cúpulas del poder. Eugenia, Elsa y Antonia eran líderes comunitarias en sus respectivas colonias, quienes además habían tenido visibilidad por su participación en el comité del primer parque de estas dimensiones para Las Joyas.
Por esos meses el trabajo de la Dirección de Desarrollo Social del municipio empezaba a mutar. Quizás, a mostrarse sin pena. De ser promotores sociales, los funcionarios de esta institución iban adoptando un nuevo ropaje acorde a las festividades electorales del 2024. Su nuevo papel, como cada trienio, era organizar a los liderazgos de Las Joyas para manipular el voto de la población en favor del panismo local.
Las compañeras quedaron atrapadas en esa lógica y lo que alguna vez fue un vínculo de cuidados, amistad y afectos, se transformó en recelo y competencia inoculados desde la institucionalidad.
—El problema es que traen pique —dijo Lupita, sentada como en los viejos tiempos bajo el pirul junto con Gisela.
Ahora mirábamos el frío atardecer de un día de noviembre mientras hacíamos tiempo. Ya pasaba una hora y las compañeras Eugenia, Elsa y Antonia no habían llegado.
—Se pelearon por ver quién juntaba más gente —aclaró Julia.
Un año antes, el comité trabajaba sobre el camino de llantas. El bosque era una utopía que había sido acogida por las mujeres, lo suficientemente hermosa como para movilizarlas, movilizarnos. El sueño de un parque digno donde la comunidad no fuera simple beneficiaria de decisiones que otrxs han tomado desde las alturas institucionales o las distancias éticas.
A veces quisiera congelar esos tiempos de anarquía, donde solo reina el placer y la inutilidad del disfrute, donde compartir la vida y multiplicar sus riquezas sea tan simple como respirar juntxs bajo un pirul. O como pintar llantas en un camino que no lleva a ningún lado.
Alonso Merino Lubetzky
León, Guanajuato, abril de 2026
*Todos los nombres son ficticios.

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