Terminó mi trabajo en Las Joyas. Primeras notas para ordenar

Esta semana presenté mi renuncia a Auge, Autogestión y Educación Comunitaria A.C. después de cuatro años de trabajo sostenido al frente de la Coordinación del Área de Incidencia en el Entorno. Mi labor consistió en acompañar procesos organizativos de grupos y líderes vecinales en la zona de Las Joyas en León, Guanajuato, junto con mis compañerxs en campo Sarahí Navarro, Daniel Mendoza y Jhovanna Fonseca.

Comparto esto porque, así como informé de mi ingreso a la asociación, ahora siento el deber de informar sobre mi salida. Al final, las AC operan con recursos públicos e inciden en problemas públicos, por lo que sus actividades deberían ser de pleno interés para la sociedad. Pienso que como profesionistas de las ciencias sociales y humanidades nos debemos a las personas por las que trabajamos, y no particularmente a los empleadores que en un momento u otro aceptan nuestros servicios en una relación de mutua conveniencia.

Por otro lado, establecí muchas vinculaciones y colaboraciones en el marco del trabajo en dicha asociación, así que se vuelve necesario comunicar que ya no ocuparé ese cargo ni asumiré esa responsabilidad. Podremos seguir, como siempre, viéndonos y conspirando para hacer tanto de lo que aún falta por hacer en nuestra ciudad.

Pero además de contarles que ya no tendré esa adscripción institucional, quiero compartir que por fin tendré las condiciones y el tiempo para difundir la sistematización de mi práctica de campo. Esto es: reflexiones teóricas, metodológicas y éticas de mi práctica comunitaria en el polígono de Las Joyas. La intención es compartir saberes situados sobre el territorio, lo cual podría ser especialmente interesante para quien vive o trabaja en Las Joyas o en contextos similares, para periodistas que desean seguir algunas pistas de problemas sociales urgentes de resolver o investigadores.

En ocasiones me cuesta trabajo situar mi sistematización en un campo disciplinario particular. Por mi formación como gestor intercultural, que es interdisciplinaria, me es complicado el anclaje en una sola tradición de pensamiento. De cualquier forma, la orientación de mi práctica educativa siempre se ha ubicado en los límites entre la educación popular latinoamericana, el trabajo comunitario y, más recientemente, en las pedagogías anarquistas; o en intentos de articular todas las anteriores.

Mi método de sistematización es más bien narrativo, con guiños hacia el periodismo y el ensayo libre. Me sumo a quienes piensan que las experiencias del cuerpo y las maneras de explicarnos la realidad son fuentes de saber que no pueden ir separadas. El valor de lo que resulte de este ejercicio ya será juzgado por sus lectores.

Espero que lo que escriba a partir de ahora pueda ser de interés para otras personas que trabajan en ámbitos similares: en lo educativo, en lo organizativo, en los contextos urbano-populares de la periferia, en la reflexión sobre el poder y las jerarquías en condiciones límite de dominación.

Es mi deseo también que mi sistematización sirva para la visibilización, el diálogo y la atención de problemas locales que el gobierno municipal y un sinfín de instituciones omiten u ocultan, clausurando la crítica y las alternativas. En ello va la vida de tantas personas que habitan las periferias, que por cierto son la mayoría en esta ciudad.

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Cuatro años en Las Joyas hicieron de mi trabajo comunitario y mi labor educativa una experiencia igual de intensa y gratificante que dolorosa y con constantes momentos de indignación. Tanto que cuesta trabajo ordenar las ideas, sobre todo después de no haber comunicado prácticamente nada durante mi estancia en ese territorio. Toda suerte de condicionamientos, actuales y añejos, me lo impidieron.

La carencia de tiempo para sistematizar la práctica debido a la precarización del trabajo comunitario; los frenos internos basados en compromisos adquiridos con instituciones y empresas; así como el temor a las represalias de actores criminales y estatales que operan en complicidad; todos fueron obstáculos para comunicar al mismo tiempo lo que iba aconteciendo.

Guardar silencio me ha sido dificilísimo, pues narrar lo que hago, en el despliegue total de todas mis contradicciones, ha sido una forma de teorizar mi práctica, encarnándola, para entender mi quehacer educativo desde un lugar más ético y justo. Esta forma de entender la práctica choca en entornos institucionales donde el tabú es la norma.

Por otro lado, mi silencio responde también a que desde el principio tuve claro que la realidad que para mí es parte de una experiencia laboral, para las personas en Las Joyas representa su cotidianidad. Ese es el terror de las profesiones en todas sus formas —diría Iván Illich—, que legitiman la colonización del otro en nombre del desarrollo, presentándonos como aparentemente necesarios para males creados por la misma organización capitalista y jerárquica de la sociedad.

Pero hoy, a la luz de mi salida, deseo reivindicar mi posición, pues sí, también estuve ahí: un cuerpo blanco con instrucción académica que tiene el salvoconducto para salir de una realidad a veces terriblemente sofocante para quienes no tienen esa posibilidad. Desde esa posición privilegiada es menester denunciar los abusos, la violencia y la administración de la desigualdad que ahí operan en contubernio empresas, instituciones y partidos políticos que afectan la vida de poblaciones y territorios enteros.

Las zonas urbano-populares en la periferia no son iguales al resto de la ciudad. Ahí se toleran formas de violencia que son impensables en la ciudad central, donde los capitales exigen una paz relativa a cambio de invertir ingentes cantidades de recursos en la creación de enclaves para la acumulación de ganancias. Son zonas de excepción donde se suspende la cobertura mediática, la redistribución y la garantía de derechos humanos y se sustituyen por atenciones y políticas siempre insuficientes.

No me refiero únicamente a la violencia criminal explícita que se ha ido expandiendo desde el inicio de la guerra en México, y que sí, en Las Joyas ha echado raíces y crece sin freno. Me refiero a esas formas de violencia que son un recordatorio permanente de la posición secundaria que ocupan las clases populares en el imaginario y decisiones de las personas en el poder, lo cual revela la instrumentalización que se pone en marcha al servicio de la clase propietaria.

Desde la mirada del poderoso, las personas y sus comunidades no son por sí mismas, sino siempre para algo más: son votos, mano de obra, beneficiarios o participantes, no personas que habitan territorios a quienes al mismo tiempo se les debe reparación y respeto a su autodeterminación. Justicia social y reconocimiento en libertad e igualdad.

Esa visión de mundo se traduce en una política, una práctica y un trato con el otro que le anula, incluso cuando se propone reivindicarle. Una mirada colonial, clasista y jerárquica que permanece inalterada porque se sostiene en una estructura colonial, clasista y jerárquica, donde el capital y el trabajo solo se heredan de generaciones a generaciones respectivamente. El supuesto Estado democrático, en este caso en su escala municipal y estatal, solo administra el capitalismo que explota cuerpos y entornos racializados porque así es como le resulta funcional.

Cuando trabajé e hice mi investigación de maestría en Jacinto López —otro mal llamado polígono de desarrollo en León— empleé el concepto de funcionalidad del subdesarrollo para explicarme el eterno mecanismo de periferialización de poblaciones por parte de las políticas de desarrollo, que externalizan las fallas, sobras y contradicciones del sistema capitalista hacia regiones y cuerpos inapropiables —en el sentido de Haraway: no comprendidos, no incorporados, excluidos— no solo humanos, sino naturales. La periferia es también una frontera entre lo urbano y lo rural donde se funden, se comunican y articulan modos de vida rurales y urbanos multiespecie, por lo que la vida ahí rebasa lo estrictamente humano.

Pero en las periferias, y entre las suturas del poder institucional, están también las y los compañerxs que resisten todos los días, que retroalimentan sus formas de lucha, nombran sus problemas y exigen el cumplimiento de sus derechos tanto a empresarios como a funcionarios y políticos. Ahí están las compañeras que saben lo que significa el arte de resistir a los condicionamientos, mantener distancias y conservar la conciencia, articularse y desarticularse según las coyunturas y las necesidades; lo que significa trabajar hasta en sus tiempos libres y de descanso procurando los cuidados comunitarios para la defensa de la vida.

Nuevamente, son principalmente las mujeres, lxs niñxs, algunos hombres y las comunidades quienes sostienen los territorios en el campo y en la ciudad, en los barrios y en las periferias. Heredando y actualizando saberes de resistencia sin los cuales todo estaría perdido. Las periferias sobreviven no gracias a la presencia de instituciones, sino a pesar de ellas. Es gracias a quienes, dentro y fuera de todo tipo de adscripciones, se aferran a la lucha para hacerle frente a ese entorno de abrumadora manipulación.

De las y los líderes vecinales entendí lo que es reivindicar la propia posición, el lugar que se ocupa en el mundo, que no es ni por asomo un sitio regido por la soledad y el egoísmo. Ese lugar colectivo donde no solo se habita el yo, sino el nosotrxs, aun cuando no exista materialmente, sobrevive en la conciencia. Por ese lugar se lucha. Pese a todo y contra todo.

Unas fotos para gritar que sí, ahí estuve.

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This work © 2023 by Alonso Merino Lubetzky is licensed under CC BY-NC-ND 4.0 

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