El tigre de Santa Rosa

Isidro Flores cuenta cómo el tigre duerme mirando las estrellas. Pasa días enteros subiendo y bajando peñas. Y sus noches transcurren bajo el mantillo del bosque o entre ramas, mientras los hornos arden. Bajo la copa de los árboles, el tigre solo distingue los sonidos de animales no humanos en el eco de los valles.

—Son varios días de ’star en el monte. Primero hay que recolectar la leña seca o talarla. Eso toma su tiempo. Ponerla ’ay, toda junta, y humarla —explica Isidro, mientras se soba el brazo izquierdo que ostenta cicatrices en forma de puntadas.

—O sea, que no talan el árbol que sea.

—No, solo los árboles viejos, secos y grandes. Los que ya se ven muertos.

De esa forma —dice el joven carbonero— la luz del sol penetra hacia el suelo y nutre con sus rayos a los árboles que vienen creciendo.

No pasa de los dieciocho y, en su gesto, los años se miden en lustros. De espalda ancha y manos agrietadas. Porta una gorra azul de los Texas Rangers, playera negra, pantalones de mezclilla y unos “tenis torta” de una marca mexicana cuyo nombre no recuerdo. Apenas afectado por el frío, bebe cerveza con una mano y corrige nuestra fogata con la otra.

—¿Y cómo es eso de juntarla y humarla? ¿Cómo lo haces?

—Se le hace un hoyo al centro, se tapa con hojas o costales o tierra, se le prende un cerillo y ¡fum! ’Ay se deja dos días y ya está listo —hace un gesto como si prendiera un cohete, mientras chasquea los dedos y frunce los labios dejando salir un silbido seco. Luego bebe más cerveza y se limpia con el dorso de su mano derecha.

Isidro habita un ejido en la sierra de Santa Rosa, ubicada entre los municipios de Dolores Hidalgo, San Felipe y Guanajuato.  Él y su familia se dedican a la carbonería desde hace seis generaciones. Un viejo oficio otomí que es tratado como amenaza para la biodiversidad de la sierra. Relata que con frecuencia gente de gobierno sube a sus tierras:

—Que para que usemos un nuevo horno que tienen o nos dediquemos a otra cosa. Sí hay carboneros que trabajan mal, pero nosotros no.

La penumbra se afila y nos cuenta la diferencia entre el aullido de un coyote y el de un perro. Explica con sus manos el tamaño de las serpientes venenosas y qué hacer en caso de encontrarse con un puma. Las plantas que usa y las que no sirven, así como sus nombres.

Entrados en confianza, relata que la maña sí ha llegado hasta su ejido, pero que nunca se queda. Hasta ahora sus tierras son seguras. Escuchándolo recuerdo a la familia que vimos bañándose en la cascada.

—Sí, mucha gente de las comunidades se viene a pasar el fin de semana. Aquí disfrutan y no les cobramos. Solo se les pide que dejen limpio.  

Para subir hasta las tierras de los Flores hay que transitar varios kilómetros por un camino sinuoso de terracería. En algunas cañadas se aprecian los estragos del desmonte, la depredación inmobiliaria y la inoperancia de los planes de manejo oficiales. Una barda de hormigón con concertina, de lo que parece un aserradero o una mina, bordea varios metros de curva. Una residencia lujosa, y otra, y otra.

Conforme uno se adentra, los cercos privados se transforman en corrales de carrizo y muros de piedra. Se cruza por varios caseríos, una parroquia y una presa. Grupitos de chivas allí, dos mulas allá. El pasto de monte tapiza de verde las laderas, como terciopelo, y los solares campesinos ofrecen un respiro a mi vista que escanea sin mesura el paisaje.

⁕⁕⁕

—Me dicen El Tigre —aclara Isidro, orgulloso, desde la delantera, mientras marca el ritmo de la caminata rumbo al Cerro Grande.

—¿Tigre?

—Porque bajo el monte en modo tigre.

—¿Y cómo es el modo tigre?

— ‘Orita vas a ver cuando volvamos. Por eso me rompí el codo.

Cuesta arriba, acelera el paso mientras la brigada se atora en alambres de púa. El Tigre se ríe, verifica nuestro estado de salud y continúa. Tararea una canción del Cartel de Santa que reconozco. Lo imito y suelta la letra:

Tengo la cara de tlacuache bodeguero.

Y me apodan el patán por andar de verguero…

¡Volar, volar! Hasta las nubes. Bien relajado, en el avión. —cantamos el coro.

Desde lo alto la sierra parece el cerebro del mundo. Ciento trece hectáreas de encinos, algunos de ellos centenarios, saturan el horizonte. Entre la colcha de copas, se pintan de rojo algunos madroños y un chuin se posa luego de emitir el sonido al que le debe su nombre.

Pierdo de vista la casa de Isidro y también sus hornos. Contrasto en mi mente esa imagen con las marcas que ha dejado la minería, la industria del paisaje o el capital inmobiliario en este mismo lugar que ha sido presa desde tiempos coloniales.

Luego de un par de fotos y unos mangos de almuerzo, el Tigre comienza su característico descenso. Nuestros cuerpos citadinos son apenas cuerpo en ese territorio, que sufren de golpe los estragos de la jornada inglesa y el home office. Pero el Tigre no pisa más de un segundo el terreno con cada zancada, apoyándose en troncos y brincando de lado a lado los arroyos.

Esa noche el hermano de Isidro nos invitó a cenar a su casa. Nos contó que venía regresando de los Estados Unidos. Se había ido recién nacido su hijo hasta que la migra lo devolvió al país. Sus manos y ropas llenas de hollín daban cuenta de su retorno al oficio. Las tortillas humeantes y los frijoles, la densidad de su vida.

—¿Les sirvo café? —nos preguntó la cuñada, con una mano en la cuchara con la que sacaría el polvo instantáneo. El frío arreciaba esa noche y no hubo negativas.

Cuando terminamos de cenar, Isidro nos acompañó a la tienda de campaña. Dos perros cargaron contra el grupo y les aventó unas piedras, haciéndolos huir. Una vaca mugió desde las entrañas, fragmentando el crepúsculo, y luego de despedirse, el Tigre se desvaneció en la oscuridad espesa del monte.

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This work © 2023 by Alonso Merino Lubetzky is licensed under CC BY-NC-ND 4.0 

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