Derivas sobre la creatividad en los tiempos residuales del capital
Quiero habitarme en la escritura, pero es como si mis días la abortaran. Carezco de tiempo para la creación y habito un secuestro múltiple. Entre el tiempo de producción y el tiempo dedicado a los cuidados, mi creatividad queda subsumida en la creación para el capital. ¿Les pasa también?
Visto así, tal vez el secreto de un empeño como escribir –o del arte en sí– se encuentre en desafiar la productividad y abrazar la deriva. Si la pulsión productiva boicotea la acción creadora, quizás se trate de boicotear la razón neoliberal creando sin utilidad alguna: escritura contrautilitaria, arte en espiral. Sin embargo, el secuestro de la creación es al mismo tiempo un secuestro del sujeto creador. Mi subjetividad merodea en una celda.
La pregunta que me asiste es si es verdad que hay algo así como una “voz propia” –dice el coaching para creativxs– y si solo depende del deseo personal. Foucault me respira en la nuca. ¿Existe en verdad el deseo autónomo y libre? De entrada, digo que no, que el deseo tiene muchos capataces. Así que, volviendo a mí, no estoy cierto de que lo mío sea que no encuentro mi voz o mi discurso –como si todo fuera mera voluntad–, sino que cargo con mordazas de las que no puedo despojarme. Capataces que amordazan. Mordazas que incapacitan.
Entiendo la creatividad como un proceso de transformación y producción estético-político de la realidad, donde la subjetividad de la persona creadora impregna todos los significados, métodos y resultados. En ese sentido, la creatividad no puede concretarse en lo que la clase burguesa considera “tiempo de descanso”: un tiempo dispuesto exclusivamente para la recuperación que el cuerpo y la mente necesitan para volver a producir al día siguiente. Algo que definitivamente no entendieron los adalides de la clase obrera en México, cuya reforma laboral solo readministra la explotación del trabajo por el capital y traiciona las demandas obreras de más tiempo para vivir.
Cuando el empresariado celebra las conquistas sobre el “tiempo libre” al pactar productividad con el Estado, está en realidad concediendo que tengamos más tiempo de repararnos para volver a producir. Por otro lado, lavar, limpiar, elaborar alimentos, cuidar a otrxs no es tiempo libre, sino actualización de nuestra carne, de nuestra vitalidad, de nuestros vínculos. No es libertad para crear y hacer. Un plus de tiempo que los patrones claro que tienen gracias a nosotrxs.
Para la clase trabajadora, el tiempo de descanso es en realidad tiempo de reparación de la fuerza de trabajo. Sin restar valor a su capacidad para sostener la interdependencia vital, el trabajo de cuidados sigue siendo un trabajo subsumido a la lógica del capital. Metaboliza lo que el capital externaliza. Resistir y ayudarnos a resistir es su permanente condición, pero sigue igual condicionado y concentrado en los cuerpos con menor poder: mujeres, niñas, niños, personas mayores y de muchas formas en las clases subalternas. Es un ámbito de revinculación, sí, pero no libera nuestra creatividad de los engranes de la producción.
Mientras no logremos democratizar el tiempo libre más allá del descanso, la libertad de nuestra clase para crear seguirá siendo expulsada hacia los residuos temporales del capital. Y siendo así, nos queda el desvelo, fisurar las paredes que constriñen nuestro deseo, crear desde las mazmorras del reloj, y hacerlo juntxs. ¿En verdad solo podemos habitar esos residuos?
Portada: Las Parcas (Átropos) de Francisco de Goya (1820-1823)

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