Esta es la tercera y última parte de la serie sobre el Tratado de los tres impostores. Me interesa recuperar algunas claves para enseñar las formas y la historia de la anarquía; en este caso, de forma previa a la emergencia del movimiento ácrata como tal1. El Tratado contiene una buena dosis de enseñanzas antiautoritarias y libertarias a las que conviene mirar con detenimiento. Lo que sigue a partir de aquí es una lectura educativa a tres siglos de su divulgación clandestina.
Si bien Dios, las religiones, los tres profetas (Moisés, Jesús y Mahoma), el alma y los espíritus son los ejes principales de reflexión del panfleto, resulta fascinante que nuestros libertinos ensamblan su diatriba con una narrativa netamente política y no exclusivamente teológica. Centran la crítica en el campo del poder y no necesariamente en el de la metafísica. Identifican a la ignorancia sobre las causas físicas, el terror a las potencias invisibles y la educación en la servidumbre como los pilares de la impostura de las religiones.
El culto a la jerarquía
En el panfleto no interesa tanto Dios como medida y explicación de las cosas, sino el culto a la divinidad en tanto que articulador de prácticas de dominación y de legitimación de las jerarquías. Es por ello por lo que el Tratado enmarca su antirreligiosidad en la figura central de los profetas, reyes y sacerdotes como impostores –con Moisés, Jesús y Mahoma como su expresión más ejemplar: humanos de carne y hueso que se esconden bajo los ropajes de una supuesta condición suprahumana para manipular al pueblo imponiendo su autoridad, acumulando riquezas y privilegios.
La pregunta fundamental para los editores del Tratado es si “¿hay algo que indique que los profetas y los apóstoles son distintos al resto de los hombres?”2 Si Dios es amo y señor de las cosas muertas y vivientes, creador de todo lo que existe, y si los seres humanos somos iguales –apuntan–, ¿por qué solo unos hombres pueden interpretar la palabra de Dios?

Aunque los prejuicios y renunciar al uso de la razón para acceder a la verdad son parte de la explicación que ofrecen nuestros autores, la confusión radica –dicen– en la costumbre de “dirigirse para todas las cosas a personas que son pagadas para mantener las opiniones recibidas, y por consiguiente interesadas en persuadir al pueblo de ellas, sean verdaderas o sean falsas”.8 Conservar esa costumbre es abdicar a nuestra capacidad de entender, delegándola a “espíritus mercenarios” que usan la ignorancia para subsistir y mantener sus influencias.
Esta crítica a la autoridad del saber de los profetas bien puede extrapolarse a políticos, científicos al servicio de un régimen, líderes de opinión, los CEO del gran capital, influencers; todos manipuladores “a sueldo”. El objetivo de los profetas y sus leyes ha sido siempre “eternizar su memoria haciendo creer a los pueblos que ellos hablaban con Dios. Los más finos políticos han actuado siempre de ese modo”2.
Temor y esperanza: el reverso de la autoridad
Y en cuanto al sentido de sus profecías, nuestros libertinos se preguntan: si no hay nada extraordinario en ellos, por ser humanos iguales a todos, ¿hay algo en sus escritos que nos obligue a creer lo que dicen de Dios es verdad? ¿Por qué creer que Dios es colérico y celoso, justiciero y misericordioso, tan sensible y material como nosotros, esclavo de pasiones humanas, cuando también nos dicen que es incomprensible y por eso necesitamos de intérpretes divinos?
Las élites religiosas han empleado el temor hacia el castigo de Dios y la esperanza de ser recibido en el reino de los cielos como una de estas estrategias de conservación en el poder. Temor y esperanza desvían la atención de la sociedad de comprender las causas netamente humanas de las injusticias y el sufrimiento. Servidumbre y obediencia son las enseñanzas sociales que resultan del culto a seres imaginarios e invisibles llamados dioses entendidos como los responsables de nuestro destino. Apaciguar su ira o atraer su buena suerte se encuentra en la base de la subordinación de los pueblos a sus élites, señalan los autores del Tratado.

Bakunin nos mostró cómo Dios y el Estado responden al mismo principio de autoridad4. La fidelidad y credulidad en el destino divino es trasladada en la modernidad a la nación, relación plenamente demostrada en su momento por Benedict Anderson5. El culto al capital, al mercado como administrador de la vida y a la aceptación de su privatización por élites económicas responde a principios similares. ¿O ya se nos olvidó la mano invisible de Smith como explicación de las “fuerzas ocultas del mercado”? Aunque la religión no sea ya la disputa principal del poder, los anarquismos no pueden perder de vista las formas religiosas que este reviste, ni los mecanismos rituales con los que se impone y conserva.
Ética biocéntrica
Vemos igualmente en el Tratado una fuerte crítica al antropomorfismo religioso con miras a lo que hoy podemos reconocer como la necesidad de una ética biocéntrica. En el caso del panfleto, esta ética es posibilitada por la reflexión teológica panteísta cuando señalan: “no hay que creer por tanto que el ser universal que comúnmente llamamos Dios presta más atención a un hombre que a una hormiga, a un león o a una piedra; para él no hay nada bello o feo, bueno o malo, perfecto o imperfecto”2.
Más argumentos que apuntan en este sentido pueden encontrarse en los capítulos dedicados a teorizar sobre el alma como una expresión más de la naturaleza, que solo se disipa con la muerte y no va ni al cielo ni al infierno. Si el alma o espíritu de Dios es una existencia omnipresente, materializada en todo lo existente, no hay sentido en atribuirle características propiamente humanas. El antropomorfismo de la religión es uno de los vehículos de la dominación sobre la naturaleza. Por eso en el panfleto apuntan:
Cuando los hombres, así, admitieron la existencia de potencias invisibles que tenían un completo poder sobre ellos, las adoraron para aplacarlas, y además se imaginaron que la naturaleza era un ser sometido a esas potencias. Así, se la imaginaron como una gran masa inerte, o como un esclavo que sólo actuaba siguiendo las órdenes que esas potencias le daban. Después de que esta falsa idea se introdujo en su espíritu, no tuvieron más que desprecio por la naturaleza y reservaron todo su respeto para esos presuntos seres a los que llamaron sus dioses3.
Esas cualidades humanas atribuidas a la divinidad han enseñado también que el mundo está construido por y para los hombres (sic). Se entiende entonces que haya pueblos dispuestos a matar por Dios y también que nuestra sociedad de tradición judeocristiana sea profundamente antropocéntrica cuando se habla de la naturaleza.
Contra la guerra y el odio
En el Tratado se dedican una buena cantidad de páginas a las figuras históricas de Moisés, Jesucristo y Mahoma. Se demuestra que la representación bíblica de los tres impostores como seres inmaculados, deseosos de extender el reino de la paz a toda la humanidad, no tiene sustento histórico. Las grandes religiones monoteístas se han servido del descrédito mutuo para construir su base social, fomentando el odio entre pueblos y lavando la responsabilidad de las élites.
No hay modo de ignorar que líderes como Trump o Netanyahu emplean narrativas religiosas ancladas a la nación, su origen y su destino, para justificar la guerra, la colonización y el genocidio en Palestina. Cruzadas de todo tipo, como las de Bukele contra las pandillas en el Salvador o las de Milei en su batalla cultural contra el “wokismo” son enarboladas con Dios como horizonte de cambio social. Líderes como estos defienden, por igual, que ellos o sus pueblos son elegidos divinos, con lo cual justifican una a una sus atrocidades o atropellos.

Este uso del discurso religioso no distingue de espectro político. Los progresismos latinoamericanos como el obradorismo en México también han recurrido a la religión como tecnología de manipulación popular. En su discurso nación o patria como origen y destino substituyen a Dios, cuando no invocan abiertamente a alguna forma de divinidad para educar moralmente o movilizar a la sociedad. En su momento, AMLO se declaró públicamente inspirado por Jesucristo para gobernar y empleó referencias bíblicas en numerosas ocasiones durante sus discursos.
Los gobiernos y estados resultantes –monarquías en el tiempo de la publicación del panfleto– se han ensamblado a partir de “invenciones y supercherías” y sobre “una larga serie de barbaridades y crueldades”3. El Tratado nos recuerda que gobernar es ante todo dominar: “no hay nadie que no entienda que interesa muchísimo a los gobernantes y a los ricos de la república el hecho de tener alguna forma de religión para debilitar la ferocidad del pueblo”2.
Las imposturas bombardean nuestra cotidianidad y nuestro presente. Frente a las muchas crisis, hay una emergencia de relatos de salvación que se instalan como respuesta. No se nos puede olvidar que son hombres (sic) concretos los que desbaratan el mundo frente a nuestros ojos. Y que también seremos las personas de a pie, organizadas, las que podemos transformar el poder. Deseo que estas breves líneas nos sirvan para no olvidar ser irreverentes, igual frente a las imposturas que a los impostores. Y que Palestina será libre, desde el río hasta el mar.
Referencias
[1] Nettlau, Max. (1935). La anarquía a través de los tiempos. Biblioteca Anarquista / Antorcha.net.
[2] Anónimo (2006). Tratado de los tres impostores (Moisés, Jesucristo, Mahoma). Trad. García del Campo, J. P. y Carmen Martínez, J. Tierradenadie Ediciones.
[3] Anónimo. (2007). Tratado de los tres impostores (Moisés, Jesús Cristo y Mahoma). Trad. Diego Tatián. El Cuenco de Plata.
[4] Bakunin, Mijail. (2019). Dios y el Estado. Terramar.
[5] Anderson, Benedict. (1993). Comunidades imaginadas: Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Fondo de Cultura Económica.
Imagen de portada: Pintura al óleo de la artista palestina Maram Ali, que lleva por título Will he give up his land?, 2024

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