Hace tres años y cuatro meses que trabajo en Las Joyas, una zona de la periferia urbana de León, Guanajuato, al poniente de la ciudad. Hay tantas cosas que he vivido y de las que he sido testigo trabajando como gestor y educador comunitario… Quiero liberar esa experiencia del lenguaje despersonalizado de la academia y de la bota de cualquier tipo de figura de autoridad, ya sea retórica o humana.
Para las feministas comunitarias, el cuerpo es el primer territorio que uno habita, pero también es el primer territorio de lucha. Por eso, quiero escribir estas notas reflexionando sobre el cuerpo, mi cuerpo, y lo que ha significado colocarlo en este lugar, Las Joyas, para hacer algo con él que valga la pena.
Desde que llegué a trabajar aquí, esta ha sido mi tarea principal: acompañar procesos de organización comunitaria mediante la educación popular. Para lograrlo (la mayoría de las veces, intentarlo) he tenido que poner el cuerpo, como se dice también coloquialmente.
En Las Joyas habitan unas 125 mil personas y el mío es un cuerpo más entre los miles que transitan por este territorio todos los días.
Pero mi cuerpo ahí es un cuerpo intermitente, el de un visitante esporádico, aunque no es tampoco el de un turista. Sin lugar a dudas no es como el cuerpo de quien se arraiga por convicción o es forzado por el desplazamiento. Mi cuerpo aquí es también símbolo de una transacción: alguien me paga –la asociación civil donde trabajo– y a partir de ese intercambio yo voy y laboro.
Me parece que una visión demasiado romántica del trabajo comunitario puede perder de vista el siguiente aspecto: el cuerpo de quien hace trabajo de campo en un lugar que no habita y por el que le pagan, es un cuerpo interesado en sobrevivir económicamente. En muchas ocasiones, compañeras líderes vecinales de Las Joyas me han mencionado que ellas se involucran en sus comunidades, participan y se organizan sin recibir nada a cambio. Lo dicen para contrastar su propia participación, libre y voluntaria, con la de la gente que es obligada a participar socialmente a partir de los condicionamientos de las instituciones y los partidos políticos. Pero también para hacer notar mi propia participación condicionada.
Un último apunte. Mi cuerpo es un cuerpo que es leído como blanco, “de fuera” y, por lo tanto, hegemónico social, cultural y políticamente hablando. Es también un cuerpo de varón heterosexual, lo que conlleva ocupar el peldaño superior de la jerarquía del sexo-género. Las palabras que salen de este cuerpo, que brotan de mi boca, también derivan de una experiencia privilegiada, le educación superior y el hábito/posibilidad de estudiar y leer.
Este cuerpo trabaja hace ocho años y cuatro meses en barrios de clase trabajadora, racializados, marginados sistemáticamente por el Estado; criminalizados por el gobierno local, asediados por el crimen organizado y utilizados como ejército industrial de reserva por la clase empresarial nacional e internacional.
Este cuerpo ha aprendido a luchar como las y los líderes de las Joyas. Y también a reír y a acuerpar a otrxs en la organización, con todo y sus tristezas y contradicciones. La terquedad de tener un mejor mundo para todxs puede más que el miedo y el cansancio.
Portada: Niños de El Renacimiento haciendo mezcla para encementar unas porterías, cuando las adultxs abandonamos el proyecto del parque y decidimos tener conflictos por la política.

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