Soy de la generación que entendió el dolor de la desaparición forzada con el caso Ayotzinapa. Pero ya estoy cansado de compilar historias atroces, como coleccionista de novelas negras, cuando son vidas las que se pierden.
Mientras transcurren las horas, me da pavor que Teuchitlán sea de nuevo una noticia que conmocione a la sociedad. Porque ya no es suficiente la conmoción, ni el lamento. Son las víctimas, las personas activistas y defensoras, las madres buscadoras. Ese es el camino. Que se traguen su paz burguesa llena de acuerdos de colaboración, leyes que nacen muertas y negociaciones políticas con nuestra carne como sistema de cambio. El único camino es la rabia, la indignación que supone dejar de coleccionar “casos” para plantarle cara al horror.
¿Será verdad que hasta que cada persona tenga un ser querido desaparecido por el crimen organizado seremos capaces de subvertir este estado de cosas? Hay días que no puedo tolerar la pena de seguir adelante con mi existencia mientras scroleo una persona desaparecida tras otra.
Pero también sé que las desapariciones en niveles industriales de nuestro país son toleradas por el Estado (perpetradas también por él) y la sociedad entera porque los sujetos borrados son sujetos racializados; vidas que no importan porque son sustituibles. Los Nadies de Galeano, los condenados de la tierra de Fanon, el ejército industrial de reserva de Marx, hoy al servicio de una clase narco(necro)política que no se constituye a sí misma en clase exclusivamente por su capacidad de acumulación y explotación del trabajo en forma de limpieza social, sino por su capacidad de destrucción televisada de cuerpos insignificantes para sembrar el terror como mecanismo de control territorial.
Esas fuerzas se miden hoy por su tasa de aniquilación de la población sobrante, los jodidos habitantes del subsuelo de la civilización que nada tienen que perder más que su miserable existencia; incluso cuando el Estado se jacta de capturar y condenar judicialmente a criminales también racializados, arrojados a la guerra en calidad de victimarios como resultado de décadas de colonialismo interno, despojo, explotación y esclavitud revestidos bajo los ropajes del desarrollo.
La deshumanización es similar para quien priva de la vida, como para quien es privado de ella. ¿Qué humanidad queda en las personas que desmiembran cuerpos, los calcinan o disuelven en ácido? ¿Qué satisfacción con la vida podría quedar en una víctima de la leva del narco que ha sido obligada a matar o morir, forzada a renunciar a todo lo humano que queda en ella?
Un campo de exterminio es el que se encontró en el Rancho Izaguirre en Teuchitlán, Jalisco, donde el narco entrena a los mercenarios del sistema capitalista mexicano en su dimensión ilegal y elimina a los que no dan el ancho. Y ello mientras los politiquitos (indistinta su afiliación política) se relamen los bigotes en el festín del poder. Ni la derecha conservadora ni la progresía, aplaudida por tantos camaradas, son dignos de representar un carajo.
Prefiero mil veces luchar contra el fascismo descarnado que contra la progresía que nos roba los vocablos con los que entendemos la lucha y los vacía de contenido; un lobo vestido de oveja. El mismo buitre viejo transfigurado cien años después. Ricardo grita desde su tumba. Pero también gritan Lorenza Cano Flores, José Gabriel Pelayo Zalgado, Sandra Domínguez Martínez, Irma Galindo, Ricardo Lagunes Gasca, Antonio Díaz Valencia, Samir Flores Soberanes, así como las más de 225 personas defensoras asesinadas o desaparecidas. Hoy mientras escribo este texto secuestraron y asesinaron a Irán Villareal Belmont, activista en San Luis de la Paz, Guanajuato.
¿Pueblo, justicia, solidaridad, ayuda, paz? ¿Qué significan esas palabras en la lengua de quien festeja el “poder popular” cuando somos al pueblo al que están matando? Suman 122 mil 821 personas desaparecidas o no localizadas hasta el 10 de marzo, según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO). La desaparición forzada en nuestro país es añeja y estructural. Tiene un sello de clase y raza que ya no podemos seguir ignorando.
Creo que el genocidio en México (a la mierda la ONU y su definición) es un espejo de los genocidios en Gaza, Sudán, Congo, Yemen, y me preocupa lo frágiles que son los pilares de la democracia liberal sobre la que se sostienen los derechos humanos, y sobre los que también descansamos nuestros principios de lucha, pues –se dice– es lo único que nos queda. El retorno del fascismo y las masacres en tiempo real a lo largo y ancho del planeta son muestra de cuan anémico y ficticio es ese marco internacional de protección a la dignidad y a los derechos, conquistados, valga decir, por los movimientos y la acción directa, y no por los bufetes de expertos internacionales.
¿Por qué? ¿Por qué hay que honrar al Estado nombrando nuestros dolores en ese idioma que solo hablan los desmemoriados? ¿Por qué seguir llamando solo desaparición a lo que es un exterminio? Solo es cuestión de reunir las piezas. ¿Por qué hablar de la guerra contra el narco o contra los capos del crimen, cuando la guerra es contra nosotros?
Es momento de reformular los principios sobre los que sostenemos y defendemos la vida en este país desangrado, en el que las fosas clandestinas y los campos de exterminio dan forma a nuestra geografía. No encuentro un solo motivo para creer que algo cambiará viniendo del Estado y de esa clase parasitaria que lo ocupa, independientemente de su ideología. Que la vergüenza nos persiga cada día hasta que logremos hacernos del valor para reconocer que la única lucha posible está en quienes no piden permiso para buscar, desenterrar… denunciar y enfrentar a esta maquinaria de aniquilación.
Alonso Merino Lubetzky
Guanajuato, México
14 de marzo de 2025

Foto de portada: Colectivo ‘Guerreros Buscadores’ trabaja en crematorios humanos encontrados mientras buscaban a sus familiares en el Rancho Izaguirre en la comunidad La Estanzuela en Teuchitlán, estado de Jalisco, México, 5 de marzo de 2025. Autor: Ulises Ruiz/AFP

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