El hogar es nuestro espacio social más contradictorio. Ahí suceden las muestras de afecto más entrañables, la transmisión de sociedad, los procesos de educación y acogida más básicos que nos permiten formarnos como sujetos. Pero al mismo tiempo, el hogar es la unidad mínima de la explotación patriarcal y capitalista [1].
Es el primer entorno de la violencia contra las mujeres, las niñas, los niños, lxs adolescentes y las personas mayores. Es el ámbito donde, por acción u omisión, se legitiman las jerarquías sociales, se reproducen el racismo, el clasismo, el machismo y otros sistemas de dominación vía la enseñanza. Lo hogares pueden ser, sin embargo (algunos realmente lo son), el primer ámbito para la anarquía.
Mientras que los grandes relatos de la revolución nos conducen a pensar que las disputas políticas de mayor relevancia son las del control del Estado y de los medios de producción, una mirada anarquista del cambio social comienza en aquellos entornos de socialización donde podemos organizar la vida de un modo diferente. No queremos esperar a la gran revolución, a las órdenes de representantes políticos prefabricados o a que un partido supuestamente popular «tome el poder». Lo que queremos es destruir el poder hoy, aquí.
El hogar es uno de esos lugares donde es posible comenzar la revuelta. Es ahí donde es urgente invertir el orden de las relaciones humanas, los roles, la división de las tareas; propiciar la horizontalidad, el diálogo, los acuerdos, el apoyo mutuo, el consentimiento, la libertad y formas más cuidadosas de sostener los vínculos.

A diferencia de la concepción griega —muy cara a la historia— el oikos no es un ámbito excluido de la política, diferenciado de la polis, la ciudad, el lugar de lo público. No es que el hogar esté fuera de la sociedad, como resguardando asuntos meramente «privados», donde no es posible actuar democráticamente y con justicia. Lo que acontece en los hogares nos hace personas, es constitutivo de nuestra identidad y nos marca de por vida. En buena medida, la experiencia del habitar nos define, para bien o para mal, al tiempo que delinea muchas de las pautas que guían nuestro andar por el mundo.
Pienso que es muy necesario organizar distinto los hogares y todo lo que ahí acontece: desde la preparación de alimentos, hasta la sanidad, la educación, las relaciones sexuales y el parentezco. Anarquizar los hogares significa distribuir equitativamente las tareas de cuidado y domésticas —la exigencia anarcofeminista—, hablar cotidianamente sobre las necesidades, entender los anhelos de sus miembros, acompañar los duelos, así como formular nuevos acuerdos destruyendo los viejos convenios conforme sea necesario.
Significa deconstruir la imagen de la “cabeza de la familia” y sus «miembros» (en el sentido biologicista literal de cabeza=mando/miembros corporales=obediencia) sustituyéndola por una asamblea (en el sentido de espacio de intercambio de ideas sobre asuntos comunes) alrededor de la mesa durante el desayuno, la comida y la cena, donde cada miembro tenga derecho a opinar, a pensar, a proponer y a ser.
Si el hogar dominante es la unidad familiar monogámica heteropatriarcal, el hogar anarquista es el de libre asociación entre sus miembros. Por hogar no me refiero ni al tipo de vivienda ni a un arreglo familar en específico, que puede existir o no. Un hogar se constituye de vínculos al interior de una unidad doméstica, da igual si es una comuna o un departamento, si es poliamoroso o monógamo, lésbico o hetero, de amigos, compañer@s o familia, o en cualquiera de sus combinaciones y más. Un hogar anarquista elige su propia configuración, abreva de la diversidad de experiencias y culturas.

No tener esclavos es también un principio ordenador del hogar anarquista. Las jerarquías se diluyen. Nadie es superior o inferior a nadie. En el hogar anarquista se deben abolir los estereotipos sexuales y el sistema de género impuesto por el patriarcado. Anarquizar el hogar es cambiar la organización del entorno habitado, donde tanto mujeres como hombres estén coordinados, decidan y participen en igualdad. El hogar anarquista no admite rangos como el ejército o la empresa capitalista. Antes bien, cualquier tufo de dirección vertical debe ser señalado y modificado.
Como la institución del salario es el principal mecanismo de dominación del capitalismo industrial y de la jerarquía de clase, en el hogar anarquista no hay lugar para el salario como sistema clasificador entre sus miembros. No admite el pago por un trabajo ajeno, que corresponde a sus integrantes realizar, en el cuidado de lo común. En el hogar tradicional el salario es un instrumento de poder en dos sentidos: quien lo posee y quien lo paga.
Así, pues, el sentido de propiedad del salario es un robo, pues el «plusvalor» doméstico es producto del trabajo ordinario de todos sus miembros. Este es un ejemplo de cómo la propiedad es la negación de la igualdad al justificar la concentración de un capital en solo algunas manos, cuando es el trabajo acumulado, vivo y muerto, que conforma el total del capital que se posee [2]. ¿Quién puede reclamar su propiedad si es resultado del trabajo de todxs?
Un hogar se produce a sí mismo con las labores cotidianas de sus integrantes dentro de una unidad doméstica que es también una unidad económica [3], por lo que el salario al ingresar al hogar anarquista se transforma en una entrada colectiva de efectivo.
En el hogar anarquista hay ingresos comunes como resultado del trabajo doméstico, de cuidados o asalariado de sus miembros, cuya participación en mayor o menor medida, dentro de cada una de esas formas de trabajo, será acordada desde el principio de equidad. No hay lugar para el salario. Una vez cubiertas las necesidades colectivas e individuales de subsistencia, sus miembros también deben tener una porción personal igualitaria de ese ingreso común para sufragar sus propios deseos, ampliando así el margen de su libertad personal.

Entiéndase «trabajo» como labores, no como empleo. Las labores totales se reparten en el hogar anarquista en función de deseos, potencias, habilidades y afinidades, no de mandatos. Cuando hablamos de la posibilidad de producir libremente nuestro hogar nos referimos al arte de habitar [2]. De hacer del entorno habitado un lugar propio, con sus propias reglas, sin coacciones ni representaciones ajenas. De producir lo material y lo símbolico desde el diálogo y la acción conjunta.
De tal forma que habitar es el primer proceso humano en el que comprendemos, mal o bien, los modos de hacer lo común. Es también donde aprendemos por primera vez la diferencia entre lo propio y lo ajeno, y sus límites. El hogar es el habitar en flujo, el habitar un proceso ético. Una organización en permanente cambio, dentro de la que es posible insubordinar los pilares sobre los que se sostiene la dominación.
El hogar también puede ser el primer entorno para la ternura, la escucha y el libre desarrollo de las personas. Por definición, los hogares son refugios, guaridas, a donde todos sus integrantes desean regresar corriendo del peligro y de donde no se desea salir en momentos de zozobra. Muchas veces los hogares son lo contrario, expulsores de individuos, arrojados en su soledad al mundo. Tenemos que recuperar el hogar como un espacio colectivizante de primer orden, un ámbito de seguridad, amoroso y radicalmente libertario.
▼
Referencias
[1] Goldman, Emma. (1911). Matrimonio y amor. En Emma Goldman’s anarchism and other essays (pp. 233-245). 2da ed. Mother Earth Publishing Association.
[2] Proudhon, Pierre-Joseph. (2010). ¿Qué es la propiedad? Diario Público.
[3] VVAA. (2018). Manifiesto anarcofeminista y anarca-feminismo de Flick Ruby. Semilla Negra / Anarquismos y Ediciones Volcánicas.
[4] Illich, Iván. (2008). El arte de habitar. En El espejo del pasado. Obras reunidas II (p. 464-472). FCE.
Foto de portada: Maya Goded (fotógrafa mexicana), serie «Tierra Negra»
▼
Para Melanie, mi compañera de vida, con quien aprendo todos los días a hacer de nuestro nido un lugar desbordado en afectos.

Deja un comentario