Con esta primera entrada inicio un proyecto editorial llamado Anarquías de la vida cotidiana. A través de diferentes entregas pensaré el anarquismo no como doctrina o movimiento social, sino como prácticas insertas en los días y lugares más rutinarios; en la posibilidad de elaborar juntxs, y cada quien desde lo individual, otras formas de asociación doméstica y política, de organizar el trabajo, los cuidados, el ocio y la educación; en imaginar la anarquía como un horizonte emancipatorio en acto y no solo en potencia.
Me propongo, pues, nombrar esas manifestaciones de anarquía mientras discurre mi presente, en un esfuerzo por dar forma a esos otros mundos posibles más allá del Estado y más allá del capital; donde la libertad de unos no suponga la privación de la libertad para otros; donde seamos sujetos libres integrados a comunidades justas.
Los textos de este proyecto no están dirigidos a especialistas o académicos (ni siquiera en principio están escritos para un público versado en el anarquismo, aunque por supuesto con enorme gusto son aquí bienvenidxs). Se trata de abrir los anarquismos al público en general; quizás lectores/as que algo saben, han escuchado o visto del anarquismo, pero que no han iniciado en su estudio.
Por ello, la redacción, los conceptos y la argumentación pretenden ser lo más accesible posibles para todo tipo de lectores. Que los fracasos de ese esfuerzo me puedan ser dispensados. Es preferible sacrificar la densidad del debate teórico anarquista apostando por caminos transitables hacia la anarquía desde la simplicidad de los actos más mundanos.
Es también un proyecto editorial para incrédulos, ya que busca alumbrar aquellos ámbitos sociales que se sostienen en la anarquía —sin que hayan sido pensados así necesariamente— o donde es posible anarquizar las relaciones. El fin ulterior es la propaganda. Estos textos no quieren ser eruditos, sino panfletos.
La anarquía
En la escritura como en la vida siempre es aconsejable comenzar por lo básico. Tal es el caso cuando se habla de anarquía y anarquismos. Un prejuicio universalmente extendido ha cubierto estas dos ideas con un velo de significado que remite al caos, a la desorganización y a la confusión. Entre anarquistas —la siguiente idea es prácticamente un consenso gracias a Eliseo Reclus— la anarquía es, por el contrario, la máxima expresión del orden al que una sociedad puede aspirar, puesto que en ella el gobierno se hace innecesario.
La institucionalización del prejuicio con el tiempo queda al descubierto en dos diccionarios de uso popular. En el Diccionario de la Real Academia Española (RAE) hay tres acepciones del vocablo «anarquía»: 1. «f. Ausencia de poder público»; 2. «f. Desconcierto, incoherencia, barullo»; 3. «f. Anarquismo, doctrina que propugna la supresión del Estado». Y en el Oxford Dictionary el vocablo «anarchy» significa “una situación en un país, en una organización, etc. en la que no existe el gobierno, orden o control”.
Frente a esta concepción conservadora y burguesa de la anarquía, las y los anarquistas creemos en ella como un horizonte de vida y un escenario de presente/futuro de cara al colapso civilizatorio en curso [1]. En su dimensión individual, la anarquía significa el goce del máximo de libertad posible sin coacciones ni restricciones. En su dimensión colectiva, implica la autogestión de los asuntos comunes sin depender de instituciones, empresas u organizaciones formales, partiendo de que somos nosotros quienes mejor conocemos nuestras necesidades.
La idea de anarquía que seguimos (y la de mayor aceptación entre anarquistas) es una síntesis de ambas posturas, de tal suerte que no hay contradicción entre libertad e igualdad. Ambas son fundamentales para la vida en sociedad, y esa es la solución que ha planteado el anarquismo para la aparente contradicción entre comunidad e individuo. Es por esto que el anarquismo sostiene debates tanto con las izquierdas autoritarias como con el pensamiento de derechas. Las corrientes dominantes han sido las más cercanas al comunismo y al colectivismo, y desde ahí no se reconoce la legitimidad de aberraciones como el mal-llamado «anarcocapitalismo».
Para los anarquismos, individuo y comunidad son solo dos dimensiones más en las que la anarquía debe organizarse. Los seres humanos somos personas en la medida en la que también somos seres comunitarios, es decir, que nuestra subjetividad e identidad dependen directamente de la relación que sostenemos con los otros. Si crecemos en una sociedad violenta, opresiva y desigual, los sujetos seremos más propensos a padecer las restricciones a nuestra libertad, la violación de nuestra dignidad y la privación de nuestros derechos humanos.
Por ello defendemos que solo seremos verdaderamente libres en comunidades donde todxs tengamos el mismo derecho a serlo. La libertad se realiza plenamente solo cuando todxs los sujetos experimentamos un igual margen de acción individual integrados a comunidades igualmente libres de toda forma de opresión. En ese sentido, la libertad es un hecho social que descansa en la solidaridad [2]. Las (de)formaciones de la libertad y de la igualdad que conocemos hoy, en sus versiones capitalistas o socialistas, liberales o comunitaristas, nada tiene que ver con cómo han sido concebidas por los anarquismos en lo general a lo largo de la historia.
En su dimensión política, «anarquía» connota más bien una organización social en la que las personas concretas nos hacemos cargo de nosotrxs mismxs y de la comunidad. Y no, por el contrario, como sucede en la política dominante: el gobierno de unos pocos sobre las amplias mayorías; un gobierno cercado, oculto, de una élite para sí misma, en la que la distancia entre quienes deciden y quienes obedecen es casi siempre abismal.
Para los anarquismos, gobernar significa ejercer la autoridad, coaccionar a otrxs; dominar para obtener o conservar privilegios. Y como solo conocemos esa forma despótica de gobierno, los anarquismos desean abolir su autoridad y colocar en su lugar la asociación voluntaria de personas deseosas de ocuparse colectivamente de sus propios asuntos. Esto es lo que en el léxico anarquista se conoce como autogestión. Llevada al terreno de la organización política en Latinoamérica, la autogestión cobra forma de autonomía.
Finalmente, una forma didáctica de entender la diferencia entre anarquía y anarquismo es comprender a la primera como una práctica y una forma de organización social, y al segundo como la teoría política de la que la primera se desprende [3]. Ambas, teoría y práctica anarquistas, persiguen la erradicación de toda forma de ejercicio del poder para que la diversidad pueda florecer sin coerción alguna.
Las asimetrías sociales y los sistemas de dominación (de clase, de raza, de sexo, de género, entre tantos otros), sobre los que descansan las desigualdades, son uno de los objetos de mayor preocupación de los anarquismos; intentar abolir estas asimetrías es una forma de poner en práctica la anarquía. La utopía anarquista es acto, proceso, y no un acontecimiento por venir pronosticado en los libros.
Cuando nos planteamos la anarquía, reconocemos que la eliminación de todas las jerarquías sociales y la renuncia voluntaria a participar de ellas conforman, probablemente, los aspectos más importantes si aspiramos a desandar los caminos del poder.
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Referencias
[1] Taibo, Carlos. (2013). Repensar la anarquía. Acción directa, autogestión y autonomía. Catarata.
[2] Bakunin, Mijail. (1972). La libertad. Grijalbo.
[3] Ibáñez, Tomás. (2014). Anarquismo es movimiento. Anarquismo, neoanarquismo y postanarquismo. Virus.
Foto de portada: Juan Reyes

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