Taumaturgia

Hace un par de sesiones de terapia hablé sobre mi empleo y los riesgos que implica trabajar en la periferia urbana en procesos de organización comunitaria cuyos mayores obstáculos son el Estado y el crimen organizado. Particularmente hablé sobre este último en aquella sesión.

A mi terapeuta ya le he contado que pienso que quizás sería mejor que el Estado se retirara de los barrios y colonias de la periferia, pues su presencia más bien es contraria a toda lógica comunal y corrompe lo poco que pervive de articulación e identidad comunitaria; su existencia misma desgasta los vínculos y lo que se necesita es reestablecerlos. Para algunas personas es delicado el tema, pues justo tampoco es deseable, dicen, dispensar al Estado y a sus funcionarios de sus obligaciones. Pero es innegable que su existencia mina toda la capacidad de agencia de las personas.

Para ser francos, la presencia del Estado es ambivalente. Está pero no. Su presencia no es en función de la garantía del ejercicio de derechos y tampoco provee de bienes y servicios fundamentales como debería. Pareciera que para los pobres el Estado existe solo como promesa, como una idealización, la imagen de algo deseable que nunca llegó ni llegará. Su existencia es mínima, pero profundamente omnipresente y muy dañina. Existe para traficar con simpatías electorales y contener el descontento social en el límite, no para garantizar la buena vida.

En los territorios rurales e indígenas, donde el Estado está en su mayoría ausente, es posible la articulación comunal. Es arriesgado decirlo, pero pienso con toda sinceridad que todo lo que toca el Estado lo pudre. A veces pienso que precisamente somos más capaces de organizarnos abajo sin los hilos metálicos que se desprenden de esa jaula de hierro, aunque ello tome tiempo, esfuerzos, sufrimiento y aprendizajes llenos de mucha frustración.

Sobre la presencia de crimen organizado, le dije a mi terapeuta que a veces pienso que si objetivamente evaluara el riesgo que conlleva mi trabajo es posible que eligiera mejor no hacerlo. Justo las y los líderes vecinales dicen lo mismo: tienen que poner en suspenso los riesgos que implica el trabajo, pues si no no harían absolutamente nada.

En plena sesión, mi terapeuta me preguntó si lo hago como un acto de heroísmo. Es decir, que si aún sabiendo del riesgo lo hago como una forma de martirizarme. Naturalmente respondí que no, pero que en ese momento no sabía bien a bien cuál era el móvil que me empujaba a seguir trabajando con un peligro tan grande como el crimen organizado al acecho. Esa sesión me retiré con esa pregunta.

Más tarde releí a Hannah Arendt para preparar una clase y me respondí. Recordé (porque siempre lo he sabido, en realidad): taumaturgia. Es decir, la capacidad de hacer milagros. El don de la acción con otrxs para lograr cosas, el espacio propiamente de la política; un don exclusivo de las personas cuando se unen. Ese «entre» los seres humanos del que habla Arendt como condición para transformar el mundo en común que tenemos.

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Ayer en la noche se convocó a una asamblea en una de esas colonias donde trabajo. El motivo: la demolición de un puente vecinal por parte de uno de esos sujetos que no cargan buena fama, ya que sus actividades oscilan entre el trabajo de servicios (pintar casas, jardinería) y robar o desvalijar departamentos cuando nadie les mira. La asamblea se convocó para encontrar soluciones.

De por sí el puente se estaba cayendo, pero este sujeto —quien se muestra deseoso de ver mejorar la colonia, según me comenta— decidió derrumbarlo y darle solución sin consultar a nadie, además de fijar una cuota de $50 pesos por familia y cobrarla a las personas que pasaban por ahí. La comunidad se indignó y el asunto provocó divisiones.

Eran las 7:00 pm de un viernes y la gente comenzó a reunirse a un costado del puente demolido. Para las 7:30 pm, horario límite para iniciar, ya habían poco más de 25 personas y algunos chismosos asomados a la distancia. Para quien conoce de procesos comunitarios en colonias urbanas sabe que una concurrencia de ese tamaño es un logro histórico y, por lo tanto, muy pedagógico; enseña que la organización es posible.

La asamblea se celebró. Se nombró un comité encargado de buscar un presupuesto, supervisar el desarrollo de la obra del puente y, junto con los representantes vecinales de los departamentos, cobrar las cuotas para solventar el gasto.

En una colonia donde la narrativa dominante es que hay una falta de voluntad y muy poca participación, eran las 8:30 pm —un horario en el que las personas se recluyen en sus hogares normalmente para evitar la delincuencia— y se estaban tomando decisiones y acciones concretas para asegurar la mejora del espacio público.

Igualmente, el nombramiento de un comité de esta naturaleza es histórico, pues no fue legitimado por el instituto de la vivienda u otra autoridad municipal. La legitimidad se la dio la comunidad presente. Punto. Una enseñanza más: no es necesario que el rey haga el nombramiento. Nosotrxs nos nombramos solxs.

Todo ello sucedía mientras en la política de arriba se disputan sillas presidenciales y los funcionarios de altísimo calibre en todos los niveles de gobierno piden licencia a sus cargos para buscar un pedazo mayor del pastel en el próximo periodo electoral.

Solo pienso que sí, el Estado desgracia los entornos comunitarios, por acción u omisión, y a la gente no nos queda otra alternativa más que la taumaturgia, la política de abajo.

Una vez alguien me dijo en modo burlesco que el mundo no se cambia con asambleas. La verdad es que sí, también, en parte… Si lográramos romper la privatización recalcitrante de los problemas sociales que nos obliga a lamer nuestras heridas en soledad y nos pusiéramos a accionar con otros, estaríamos cambiando el mundo. Pero preferimos discutir quién va a ser el mejor superhéroe de la planilla. Estamos convencidos de que nuestra actividad política por excelencia consiste en elegir la figurilla de acción más apropiada —o menos jodida— para dirigir un país, una ciudad o una comunidad.

Y es que la política de todos los días requiere valentía —de nuevo, Arendt. Es más fácil votar cada determinado tiempo o delegar a otro la responsabilidad de la acción, que salir de nuestras cuevas modernas y resolver la vida inmediata, como un puente vecinal en espera de reconstrucción.

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