Vomitar en un país en guerra

Esta semana hablé con uno de mis mejores amigos sobre la violencia en México. Nicolás, se llama, y no vive en el país desde hace seis años. Me llamó de improviso, como acordamos, pues teníamos meses sin hablar justificándonos en la imposibilidad de coincidir en agenda. Sus días y los míos transcurren con 7 horas de diferencia y la realidad inglesa discurre en una dimensión aparte a la mexicana. Aun así, el corazón y la mente de Nicolás se quedaron atrapados en nuestro espacio-tiempo y lleva una vida paralela a 8 mil kilómetros la una de la otra. «Todas las noticias que consumo son de México y poco me importa lo que sucede aquí. Acaso me entero de lo más básico. Pero sé muy bien todo lo que pasa por allá al tiempo que está ocurriendo», me dijo.

Yo le conté del horror que se siente en el cuerpo —un horror que no se puede sentir con la distancia porque el cuerpo también olvida: de lo que significa salir a las calles, hacer tu vida, jugar a la probabilidad y creer en el destino como talismanes contra la violencia. En seis años muchas cosas han cambiado. En un mismo sexenio nos tragamos el discurso de la pacificación y lo que ha sucedido, a cambio, es la profundización de la guerra. Es que hay que hablar de eso y ponerle sus seis letras: México es un país en guerra. Aquí mueren más de 80 personas diarias promedio, hay alrededor de 11 feminicidios diarios y el conteo de personas desaparecidas y no localizadas rebasa ya las 111,000; una cifra superior a las desapariciones forzadas en las peores dictaduras de nuestro continente. Los políticos de turno —da igual el santo al que le recen— han perdido por completo el control del Estado. El aparato de justicia es inoperante y a las víctimas solo nos queda lamer nuestras heridas.

En la misma semana, una reunión con compañeros del trabajo. En la conversación pasamos de las historias paranormales a las de crimen organizado. «Hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos», dijo uno. El clásico cliché de las abuelas y las madres. Pero el dicharajo ese, otrora tan ajeno, ahora sabe distinto; tan distinto porque es tan real. Es curioso como de nueve personas sentadas, dos pudimos contar relatos horrorizantes como víctimas directas de esta guerra. Luego un trago a la cerveza y a seguir con chistes del trabajo.

Es a la vez devastador e impactante cómo eso que llamamos normalización se traduce en una abierta asimilación-aceptación. Es decir, la historias de crimen organizado no solo son parte de la norma en una charla informal, sino que nos las tenemos que tragar, digerir y vomitar para socializar el miedo y no cargar con el pavor uno solo. Es como un grito sordo de quienes cargamos con experiencias terroríficas que nos corroen el alma. Al contarlas es como si buscáramos despertar la misma indignación que llevamos dentro, confiando en que, algún día, el hartazgo se haga también normal; que el miedo que hoy nos petrifica se convierta en rabia y vomitemos fuego para incendiarlo todo.


Foto: Jacob García (Reuters)

anarquismo anarquía anticolonialismo apoyo mutuo autogestión autonomía capitalismo CNI colapso colonialismo comunalidad COVID-19 creatividad crónica decrecimiento desarrollo desigualdad ecología Ecología política educación educación comunitaria educación popular EPJA Estado EZLN Gaza Guanajuato guerra León Lluís Duch México nota notas ONU Palestina pandemia pedagogía periferia urbana Periodismo Sierra de Santa Rosa subdesarrollo sujeto taumaturgia Trabajo comunitario violencia

Suscríbete para recibir las últimas públicaciones

← Volver

Se ha enviado tu mensaje

Advertencia
Advertencia
¡Aviso!

Deja un comentario

Licencia Creative Commons

This work © 2023 by Alonso Merino Lubetzky is licensed under CC BY-NC-ND 4.0 

Guanajuato, México

Diseñado con WordPress.com

Boletín

Suscríbete a mi boletín de correo electrónico en el que recibirás las últimas publicaciones.