Voy a contarles de un artilugio[1] que diseñé para una materia que imparto en la Escuela Nacional de Estudios Superiores de la UNAM en León, Guanajuato. La materia se llama Teorías del Desarrollo, Giro decolonial y Alternativas al Desarrollo. El tema de la sesión fue la relación entre los conceptos de lo poscolonial, lo decolonial, la interculturalidad y las relaciones de poder. Para ello solicité la lectura previa del primer capítulo del libro Un mundo ch’ixi es posible. Ensayos desde un presente en crisis de Silvia Rivera Cusicanqui (2018), activista, socióloga e investigadora boliviana, estudiosa de las luchas anticoloniales en Abya Yala, lo comunitario, los movimientos sociales y los anarquismos en América Latina.
El capítulo que se leyó lleva por título “Un mundo ch’ixi es posible. Memoria, mercado y colonialismo” y en este la categoría ch’ixi de origen aimara (se pronuncia «cheje») se vuelve central como una metáfora de la identidad mestiza. Ch’ixi, dice Silvia, significa “lo abigarrado” –según la noción de René Zavaleta. Ch’ixi es lo gris manchado, una mezcla conflictiva de blancos, negros y colores que a la distancia se ve gris, pero que de cerca se percibe la diversidad, las tonalidades y la heterogeneidad. La imagen de lo ch’ixi busca proyectar las tensiones de las identidades mestizas en sociedades colonizadas. No pretende anular esas tensiones apostando por la fundición identitaria, como el caso de la raza cósmica de Vasconcelos en México, en la que lo africano, lo español y lo indio se funden para dar lugar a lo mestizo. Al contrario, se empeña por colocar de frente la disidencia y la apertura identitaria, donde distintas épocas, símbolos, cosmovisiones coexisten abigarradamente.
En el curso habíamos estado reflexionando sobre el giro decolonial y los estudios poscoloniales, principalmente las claves conceptuales y metodológicas para diferenciar la colonización (proceso histórico) de la colonialidad (la implantación de la razón colonial en las subjetividades), la invención del otro, la conquista, la subalternidad y la hegemonía, así como las pistas para salir de la colonización cultural y epistemológica desde como lo entienden autores como Aníbal Quijano, Ramón Grosfoguel, Enrique Dussel, Santiago Castro-Gómez y Walter Mignolo (giro decolonial) y Ranajit Guha, Gayatri Spivak, entre otrxs, (estudios subalternos).
Silvia Rivera Cusicanqui nos permitía situarnos más allá de la pretensión de superar la colonialidad (según la decolonialidad [un proyecto si no imposible, sí de largo aliento] y de la pretensión de entender el mundo más allá de lo colonial en un sentido clásico (como propone la poscolonialidad [como si esta pudiese ser superada, así sin más]). Rivera Cusicanqui trabaja desde la oposición, el rechazo a la situación colonial vigente, aunque metamorfoseada; para Rivera acaso podemos ser anticoloniales en un mundo que se organiza aún colonialmente.
La noción ch’ixi de Rivera Cusicanqui se vuelve crucial para reivindicar nuestra condición de mestizxs en un contexto de colonialismo como el que habitamos, al que las etapas liberales, democráticas, progresistas y desarrollistas solo han atinado en profundizar. Frente a la modernidad occidental, capitalista, colonialista, eurocéntrica y patriarcal que se sostiene en binarismos (indio-blanco, negro-blanco, desarrollado-subdesarrollado), en la negación del pensamiento propio y en el rechazo sistemático de otras racionalidades y epistemes que no sean la occidental, una modernidad ch’ixi reivindica la conflictividad de esa condición colonizada. Lo ch’ixi es una identidad abigarrada por multitemporal, multicultural, yuxtapuesta, desordenada, contradictoria, donde las subjetividades y topografías culturales se entretejen y articulan en modos caleidoscópicos y volátiles de existencia.
El artilugio
En este sentido, y luego de la lectura previa del texto, llevé un juego de copias impresas del capítulo ya mencionado a la sesión. Nos sentamos en círculo y coloqué el juego de copias sueltas al centro y en el piso. Les pedí que recortaran los fragmentos del texto que les gustaran más, que les hicieran sentido, con los que tuvieran alguna afinidad o contrariedad. Durante varios minutos, quizás una media hora, las y los educandos fueron haciendo los recortes y regresando las copias recortadas al centro. Unx a unx tomaban y regresaban los recortes y el texto original y su orden se fue descomponiendo. Un silencio generalizado invadió la dinámica. Todxs leíamos en voz baja, explorábamos el discurso de Silvia (me recuerda al Texto como Otro de Joan-Carles Mélich), dialogábamos con ella a través de su texto en busca de nuevos significados.
Una vez satisfecha la ansiedad de búsqueda, la siguiente indicación fue que colocaran los fragmentos de texto recortados en un orden que les gustara más, que reelaboraran el discurso “pegando” los recortes uno tras otro sobre su cuaderno, libreta u hoja. Todxs lo hicimos. Luego de acomodar los retazos de ideas, pasamos a leer el nuevo discurso, el nuevo orden de ideas, de forma voluntaria, pero invitando a que todxs leyéramos. En ese proceso me impliqué también como educador, participando en todo momento en el artilugio.
El círculo de estudio tradicional se convirtió en una reconfiguración de la palabra erudita (sí, incluso la de Silvia), apropiándonos del texto y de los significados, produciendo nuevas articulaciones y haciendo propios los sentidos expuestos por la autora. Al leer los fragmentos reacomodados, todas y todos los comentábamos, enfatizábamos qué aspectos nos gustaban o disgustaban. En el ejercicio, aplaudimos después de cada lectura; un modo de cobijo de la palabra de la otra y del otro, de recibimiento alegre de la propuesta de un nuevo discurso.
Exploramos un nuevo modo de comprender los textos, transgrediendo la lectura individualizada y ritualizada. No nos remitimos al concepto, ni a la tesis central (como sugiere Skliar). Rompimos el orden del discurso, recortando y reordenando irreverentemente la narrativa que se nos presentaba. Nos desplazamos epistémicamente del logos al pathos (como dicen en la UCIRed), de la palabra estructurada en un discurso ya probado a lo que las unidades mínimas de discurso, las palabras y las oraciones nos hacían sentir para pasar a su reproducción. Del qué es lo ch’ixi al cómo me siento. Del qué significa al cómo lo veo en mi vida, cómo es que nuestras vidas son así: abigarradas.
Memoria gráfica


[1] «Así, mientras en la pedagogía la didáctica es el recurso para la intervención educativa, en la pedagogía del sujeto el artilugio es un modo de trato en la relación educativa. Si la didáctica es recurso instrumental para la intervención y es estrategia, cálculo, táctica, programa, proceso de producción, el artilugio es una respuesta que es modo de trato con el otro, entre nosotros en la relación educativa, y como modo de trato se define a partir de la caricia, el tacto, la consideración. La didáctica produce al sujeto de la educación como sujeto educado y es, por tanto, producción del otro, siempre. El artilugio no produce al otro: abre la posibilidad de florecimiento de los sujetos que hacen la relación educativa, anima la posibilidad de despliegue de subjetividades que se pongan a sí mismas como sujetos en la relación. En la pedagogía del sujeto el artilugio es un invento, una artimaña, un artefacto como respuesta intencionada en la relación con el otro» (p. 3) en Berlanga Gallardo, B. (2014). Fragmentos acerca del artilugio en la Pedagogía del Sujeto. Universidad Campesina Indígena en Red, 1–9.
Foto de portada: Silvia Gabarrot

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