Es justo hoy, muy cerca de finalizar mi tercera década de vida, cuando me siento más negado que nunca y al mismo tiempo más consciente de las múltiples negaciones que experimento y, por tanto, más rebelde, más volcánico. Tengo que decir que mi primera negación la encuentro en el trabajo. Ese trabajo que es obligatorio, que me impone tiempos y modos, que me quita el sueño, el descanso y la alegría de mi actividad. Porque sí, amo mi trabajo, pero odio mi trabajo. Amo la educación, pero odio las formas establecidas de enseñar y aprender. Odio el sistema escolarizado por cuanta opresión supone para todxs lxs que participamos de la educación.
Soy educador desde que se me arrojó al mundo del empleo. En la educación formal he sido maestro en los niveles básico, medio superior y finalmente me he instalado en la educación superior desde hace un poco más de cuatro años. Mis primeras clases con niñas y niños fueron hace 10 años. En la educación no formal, por otro lado, llevo 5 años oficialmente, acompañando procesos de organización popular fuera y dentro de las instituciones.
La educación como práctica laboral me fue transmitida en el núcleo familiar. Mi madre es educadora con más de 40 años de práctica y mi padre también fue educador durante muchos años. Yo he elegido ya a la educación como ese lugar desde el que creo que puedo participar de modos más significativos y dignos de existencia. La vida me ha llevado a probar otros caminos, pero hoy sé que la educación es mi lugar seguro. Es en la educación donde encuentro libertad de pensamiento y algunos momentos de libertad de acción, resquicios de luz solar en el cielo nublado que es el capitalismo y sus modos de constreñir lo educativo.
Odio, aborrezco la educación porque en el marco del capitalismo, la reducen a un mecanismo de fabricación de almas perdidas y de encuentros técnicos deshumanizantes. Porque conozco gente sin instrucción formal con más valor humano, con más compromiso con la solidaridad y dignidad, que gente instruida. Las universidades, la escuela, la escolaridad, produce sujetos vacíos, solitarios, negados, que avienta desprovistos de autonomía a las líneas de producción como productores mecánicos o como consumidores dóciles de productos estandarizados.
El desmembramiento comunitario que produce la educación hegemónica rompe los lazos que unen a los sujetos con sus entornos de vida. Bastan nueve años de instrucción escolar para que las niñas, niños y jóvenes prefieran ser todo menos aquello que les da identidad con su realidad más próxima. La educación dominante provoca desmemoria en los sujetos, olvidan su cuerpo, donde están, lo que han sido, lo que son.
La educación fabrica a imagen y semejanza del capital, sujetos bonsái –como dicen en la UCI en referencia a la pedagogía bonsái de Estela Quintar: sujetos reducidos a nada, o a muy poco, recortados, achicados, contenidos en un su lugar y deformados en su potencia. Pero también produce sujetos egoístas. Esa tendencia aplastante de la educación hegemónica es la que me aplasta y desmorona como persona, como trabajador, anula mi potencia, me quita mi humanidad y me oprime todos los días cuando me dirijo al trabajo. Y una vez adentro, me transformo en sujeto heterónomo, dirigido, conducido por las estructuras. Si me descuido, dicto clase, explico conceptos, pregunto por las tesis centrales, glorifico autores/as, muestro la “correcta forma de interpretar los textos”. Emerge un monstruo.
Cuando no me pagan mis horas de trabajo fuera de clase, la educación me niega; cuando esas horas que invierto para impartir clases en sintonía con el plan de estudios ni me las pagan, ni las valoran, la educación me niega; cuando me coloca, precisamente, en ese lugar de impartición que me impone ritmos de autoformación descomunales por encima de mi salud, la educación me niega; cuando reconoce el trabajo de otros sujetos en función de su estatus, clase o privilegios, y no el mío, la educación me niega; cuando me obliga a negar la subjetividad de otros mediante la coacción docente –recuperando la idea de que el “asesinato es suicidio” de Hinkelammert–, la educación me niega.
El capital me niega en lo educativo porque la educación está inserta una trama de producción que nos coloca como sujetos sin cuerpo y sin alma. No hay ni libertad de hacer, ni de ser. Las grietas que abrimos son a punta de patadas, golpes y arañazos; cuando oponemos resistencia a medir, calcular, evaluar y atormentar con exámenes, evaluaciones.
El patriarcado me niega una masculinidad no violenta, otra forma de ser varón, libre de las ataduras del género y la sexualidad asignadas al nacer y garantizadas durante toda mi vida por el heterosexismo. Es como si en mi persona estuvieran cristalizadas las estructuras patriarcales que llevan 5 mil años rearticulándose entre pedagogías de la crueldad, como diría Rita Segato. Sobre mi pesan esas estructuras y me niegan como sujeto.
La colonialidad me niega como sujeto de bienestar, me nombra con el mote “subdesarrollado” por vivir en un país que se concibe atrasado, bárbaro, tercermundista, y me obstruye el paso hacia la buena vida. Me ofrece salarios de miseria, alimentos basura, salud a cuentagotas, no me ofrece un techo propio, ni holgura financiera. Me extirpa toda mi potencia. Esa hidra de Hinkelammert, o como también la nombran los zapatistas, me oprime de mil modos.
Soy monstruo cristalizado, la monstruosidad de ese mundo monstruoso materializada en mi subjetividad. Lo peor de mi negación como sujeto es la reproducción de la negación en la que yo participo. Mi negación me convierte en antisujeto. Envuelto en la jerarquía de la opresión, niego también a otros. En lo educativo, a los educandos, mis otros en el espacio escolar. En mi hogar, con mi machismo, que, aunque con esfuerzos contengo, aflora y niega la subjetividad de mi compañera de vida. En la amistad y la familia, la instrumentalización, que, aunque busco suprimir todos los días, en ocasiones recurro a mis amistades o familiares cuando yo tengo necesidad de escucha. Al negar a otros, también me estoy negando a mí mismo.
Imagen de portada: Gustave Moreau: Hércules y la Hidra de Lerna (1876)

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