Las prácticas comunitarias, el trabajo comunitario, el desarrollo comunitario o como convengan en llamarle, depende de las cartulinas fluorescentes. No literalmente. Aunque sí, en ocasiones. Para quienes trabajamos en los barrios urbanos y en las comunidades rurales este es un conocimiento al que llegamos después de muchos fracasos y tropezones. Podría atreverme a decir que aprendemos, más por las malas que por las buenas, que el chiste del trabajo comunitario está en las cartulinas fluorescentes. Esto no se aprende en la escuela, en la universidad o en un curso. Mucho menos en los libros o manuales.
Quienes desempeñan la ardua labor del trabajo comunitario pueden confirmar (coincidir conmigo en esto) que el manual de procedimientos para la intervención comunitaria es una pérdida de tiempo. Quizá haya quienes se apeguen al manual y consigan buenos resultados de vez en cuando. En este momento no entraremos en el debate de si la práctica comunitaria que prima el manual sobre la realidad es positivista y racionalista. Lo que puedo decir es que, al menos en mi experiencia, el manual sólo agrega peso muerto a la mochila, y quita muchas, muchas horas de lectura, memorización y consulta (muy cerca del autoadoctrinamiento).

Entonces de lo que se trata el trabajo comunitario es de dejar el manual en el librero, sólo para consultas ocasionales, y de buscar cartulinas fluorescentes. Me explico:
El manual de procedimientos para la intervención comunitaria dice que antes de poder proponer, planear y ejecutar un proyecto o un programa dentro de una comunidad, colonia o barrio, se deben hacer al menos dos cosas: insertarse o hacer presencia en la comunidad y diagnosticar sus necesidades. El manual asegura que una vez estando dentro de la comunidad o yendo periódicamente, las personas estarán lo suficientemente familiarizadas con el promotor como para permitirle juzgar técnicamente de qué males adolecen (o que ellos se juzguen a sí mismos, desde los llamados enfoques participativos). Después de esto, la planeación, la ejecución y la evaluación deben ir de la mano de la comunidad para no reproducir patrones de tutela o dependencia y fomentar, por el contrario, su autonomía.
En eso se resume burdamente el manual. El problema es que la realidad es roñosa y el manual no la alcanza. Como todo manual, el de procedimientos para la intervención comunitaria, es un conjunto de pasos a seguir que te dicen cómo hacer algo de la A a la Z, una especie de “Hazlo tú mismo” (Do it yourself) o wikiHow. Sólo que si bien este manual contempla que la realidad social está en constante cambio y que la predicción de la sociedad es un asunto de cuidado, se contradice al estipular los pasos para una buena intervención –incluso si al pie de página contiene una leyenda que dice: “Los pasos pueden ir en desorden”.
El lector se preguntará cuál es la relevancia de esto. Bueno, pues, todas las instancias gubernamentales que de una u otra forma intervienen en comunidades, colonias o barrios mediante sus programas, lo hacen tomando como punto de partida los manuales de procedimientos; como los que hay en las guanteras de los autos. También lo hacen una gran cantidad de las organizaciones no gubernamentales y asociaciones que trabajan en torno al desarrollo comunitario. Aclarando: el manual no es necesariamente físico, es también y sobre todo, una práctica institucionalizada que entorpece el trabajo real en las comunidades y que sigue el razonamiento de “todo lo que no aparezca en el manual no existe y no es importante”, similar a “si no está tipificado, no es delito”. En otros momentos también toma la forma de “apégate al objetivo”, “no cumple la meta”, “¿y los números?”, “¿por dónde va la lista, señoras?”

Poner atención a las cartulinas fluorescentes es una práctica descolonizadora del trabajo con comunidades. Descolonizar en este contexto significa romper con la línea del asistencialismo, con la relación benefactor-beneficiario, con la relación experto-ignorante; todas ellas relaciones de poder promovidas desde el Estado, desde las instituciones públicas y privadas, y, aun sin quererlo, desde la formación técnica-profesional-científica en las universidades. También significa defender éticamente el desarrollo local, la buena vida y el bienestar de las personas y los colectivos, por encima de las perspectivas globalizantes y, por lo tanto, alienantes, del desarrollo. Las cartulinas fluorescentes son una analogía de los códigos, lenguajes y maneras de ser de las comunidades, ninguna de las cuales entra en el marco teórico de las investigaciones o en el resumen ejecutivo de las políticas públicas diseñados de antemano.
Por ello, cuando pretenda destinar un proyecto, programa o política hacia una comunidad, pregúntese: ¿ya tengo las cartulinas fluorescentes? Si no las tiene aún, consígalas. Conseguirlas es de por sí un gran trabajo. Si se ha preguntado por qué tal o cual programa o proyecto no funcionó, trate de hacer memoria y pregúntese nuevamente: ¿se usaron cartulinas fluorescentes?
No es que las cartulinas fluorescentes garanticen el éxito del trabajo en comunidad, mucho menos el desarrollo. También las cartulinas saben de política y de puntos de partida. No vaya a creer usted que es la panacea o el hilo negro (recuerde que eso mismo creyó cuando leyó por primera vez el manual). La mejor cartulina es la que tiene escrita la leyenda CONVOCATORIA PARA LA LIBERTAD. Si su práctica comunitaria no emancipa, destruye. Y para que emancipe las personas deben tener la posibilidad de decidir y de tomar en sus manos las soluciones, es decir, utilizando cartulinas fluorescentes y no manuales de desarrollo.
Si usted trabaja en gobierno tome en cuenta que tendrá que demostrar credibilidad ante la gente y, por supuesto, no deberá prometer cosas que no puede cumplir. Tampoco es ético, ni útil a la larga, regalar bienes materiales o proveer a las personas de cualquier otro tipo de beneficios. Si usted es una organización de la sociedad civil, revísese; son comunes las asociaciones, fundaciones y ONG que reproducen los mismos vicios de las instituciones del sector público. También es cierto que la efectividad de las cartulinas depende de quién las pegue y de qué digan.



No me refiero a usar cartulinas fluorescentes en sentido literal (o sea, sí, pero no). Se trata de contribuir a la buena vida de las personas y de sus entornos. Lo cual no se logra con políticas, planes y programas plagados de lenguaje técnico y político embrutecedores para cualquiera, sino partiendo de lo que la comunidad quiere para sí misma, pensando desde, por y para las personas. Esto significa dar prioridad a los intereses colectivos antes que a los intereses privados. También significa construir discursos creíbles con el lenguaje de la gente simple y no con el habla acartonada de la ciencia y la política institucionalizada.
El fracaso de la política social en México no es un asunto ajeno. Además de ser consecuencia del modelo económico-político dominante, de la corrupción, de la falta de coordinación, de la excesiva burocracia y de la poca continuidad de las acciones gubernamentales, se debe a que, en general, cobran más importancia los números (pocas veces alcanzados con honestidad y precisión) y las fotografías, primando lo estipulado por el manual de permanencia en el poder.

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