Se cumplen casi tres semanas del primer sismo de una magnitud de 8.2 que azotó a Oaxaca y a Chiapas el 7 de septiembre. El 19 de septiembre –aniversario 32° del temblor del ‘85– otro sismo de 7.1 grados cimbró al país, pero ahora en Morelos, Puebla, Guerrero, Estado de México y Ciudad de México, principalmente. De entonces a la fecha no han dejado de sentirse réplicas y temblores tanto en la capital, como en los otros estados del país afectados, incluidos Tabasco y Tlaxcala.
La devastación en muchos lugares ha sido total y una enorme cantidad de personas lo ha perdido todo. En varios municipios y comunidades las familias pernoctan en las calles, en albergues improvisados o con vecinos, con la incertidumbre constante de que un nuevo temblor se presente en cualquier momento y a la espera de los apoyos materiales, humanos y monetarios que puedan llegar de otras regiones. Los sismos han dejando a cientos de damnificados y decenas de muertos y heridos, cuando no desaparecidos.
Como respuesta a estos acontecimientos, la sociedad civil se ha organizado para llevar a cabo actividades de rescate, acopio y transporte de bienes, asistencia, difusión de información, donaciones y brigadas. Ante las pérdidas materiales y humanas del 19 de septiembre visibilizadas a nivel nacional e internacional por los medios de comunicación, recordamos que el suroeste del país tenía ya casi quince días a la espera de más ayuda.
Los apoyos que hasta antes de esa fecha fueron enviados a los afectados por el sismo del día 7, no se comparan con los que en unos cuantos días fueron canalizados a la CDMX. Fueron tales las muestras de apoyo recibidas por las personas damnificadas en la capital del país, que varios centros de acopio fueron declarados con cupo lleno. Se evidencia, entonces, que la solidaridad necesita motores, pero también detonadores que encubren un sombrío mecanismo de condicionantes.
Muchos emitimos opiniones positivas, alentadoras y hasta nacionalistas al ver desfilar innumerables imágenes, a través de las redes sociales y la televisión, de hordas de ciudadanos capitalinos organizándose en franca anarquía para rescatar y asistir a sus vecinos, familiares, amigos y conciudadanos. A estas movilizaciones reactivas y activas, se sumaron aquellas gubernamentales, en algunos casos para sumar esfuerzos, pero en otros para estorbar, bloquear e imponerse sobre las iniciativas populares.
El torrente de imágenes provocó un efecto en cadena, movilizando amplios y diversos sectores de la población a conformar redes de apoyo para enviar recursos a la capital y a los estados periféricos afectados. También desembocó en una activa participación social para exigir al Estado que redirija los recursos entregados a los partidos políticos con fines electorales hacia el resquebrajado tejido social e infraestructura que provocaron los sismos.
La pregunta, sin embargo, que nos ronda a algunos es cuánto durará la solidaridad en un país de múltiples catástrofes. La fecha que podríamos sintetizar como 7-19/S/17 puede llegar a ser un hito en la historia reciente de nuestro país o, simplemente, ser un buen recuerdo de lo que la sociedad nacional logró en un periodo histórico puntal, con un inicio y un término fechados, dentro de una larga línea del tiempo.
Más allá de los discursos conmovedores y triunfalistas, varias cosas ha dejado claras el 7-19/S/17: que la sociedad civil sí puede sensibilizarse ante el sufrimiento y el dolor ajenos, que el Estado es reiteradamente ineficiente en muchísimos sentidos y que ante todo ello es posible organizarse. Pero el reto de ahora en adelante es descubrir cómo prolongar esa organización que no pide permiso al Estado para actuar. ¿Cómo hacer durar esa actitud rebelde que cuestiona el individualismo, el egoísmo, la alineación y la indiferencia, para fraternizar, sororizar y poner el cuerpo? ¿Qué la catástrofe estructural, social, económica y política del país, no es motivo suficiente para extender a otros ámbitos la comunalización creada a partir de las pérdidas materiales generadas por los temblores?
Debe ser motivo de preocupación y ocupación que cuando los motores de la solidaridad actual se detengan y su detonador se vaya perdiendo al avanzar el calendario, los lazos sociales creados frente a las pérdidas materiales vuelvan a su cauce normal. La tremenda sacudida que cimbró además nuestras consciencias no debe hacer un alto total cuando los medios decidan que otro suceso es más redituable. Las condiciones para la solidaridad que brotaron con el sismo, son condiciones que siempre han estado ahí, pero que nos hemos empecinado en ignorarlas.
El hambre, la pobreza, la migración, la falta de acceso a servicios médicos, la represión y la violencia hacia las mujeres en México han cobrado más vidas que los sismos. En el marco del 7-19/S/17 se han comprado, vendido y destinado inconmensurables víveres, medicamentos y bienes de distinta índole, que no han sido comprados, ni vendidos, ni destinados para los amenazados por la inanición, para los desplazados por violencia o falta de oportunidades o para los que carecen de acceso a servicios de salud.
Que no se malentienda; el apoyo a las personas damnificadas por los desastres naturales actuales deberá seguir por mucho más tiempo porque naturalmente los que menos tienen, menos tendrán conforme caminen los días y los meses. Ello implicará no cesar el acopio de recursos y el envío de donativos –esquivando siempre y preferentemente a las instituciones gubernamentales–, así como la participación en las labores de rescate, brigadeo y reconstrucción material y social de los territorios afectados. En suma, implicará no aventar la organización por la borda. La solidaridad que hoy aflora y nos requiere, deberá cuestionar críticamente sus móviles, ya que existe el riesgo de normalizar los daños y transformar la comunalidad en iniciativa filantrópica.
Entre grietas, orificios y en medio del horror, se ha dejado ver el México que no claudica, que no muere. Mientras allá arriba planean cómo lucrar políticamente con el desastre (sea mediante la compra de votos o la creación de simpatías), acá abajo hemos tejido redes, físicas y digitales, entre la incertidumbre, extendiendo la luz del día a 36 o hasta 48 horas, tragándonos las noches, apenas comiendo, apenas pensando en uno, una misma; dando lo que no se tiene, ni en tiempo, ni en dinero, ni en materia. Si Nuestroméxico –como no es suyo agreguémosle ese prefijo– se levanta de entre varillas y escombro en diferentes geografías, puede hacer lo que sea, como construir un mundo dentro del Mundo donde quepamos todxs.
Foto de portada: Oswaldo Ramírez

Deja un comentario