Apunte sobre masculinidad, ecología y capitalismo

La lucha del poder de abajo contra el poder de arriba es también una lucha interna contra arquetipos históricos. Esto que es tan necesario para los varones que reivindican un pensamiento radical de izquierda o se dicen partidarios del llamado pensamiento crítico, no siempre se capta. Pareciera que la autoadscripción o pertenencia de clase, en contraste frente al capital, fuera suficiente para asegurar un posicionamiento absoluto de cómo imaginar una sociedad Otra, más equitativa, plural y justa. En el caso de los hombres, sean de izquierda o no, la lucha interna está ausente, salvo por aquellos movimientos masculinos que propositivamente se plantean esto como objetivo.

¿Qué implica esta lucha interna por de-construir nuestra masculinidad aprendida, histórica y socialmente determinada, en aras de transitar a una postura política de resistencia ante el capital, que incluya, por consiguiente, un posicionamiento contra la masculinidad hegemónica que lo determina? Implica, por un lado, cuestionar el que la masculinidad en el plano normativo se construya a partir de los criterios de posesión y competencia, y, por el otro, el que empíricamente estos criterios normativos tengan como resultado prácticas de dominación y poder. Prácticas que, en sus últimas consecuencias, se traducen en uso de la violencia, pero que tienen en todo momento la función de reafirmar la identidad del macho.

En el caso de los varones, la determinante del macho, que juega un papel dominante en la construcción de su identidad de género, ambas, posesión y competencia, se reflejan en la consecución de pareja, recursos y cualesquiera elementos que contribuyan a reforzar su masculinidad. Esta serie de disposiciones que se alojan en lo más profundo de nuestro imaginario colectivo es la primera que habría que someter a un juicio racional dentro de los movimientos llamados altermundistas y de izquierda.

El ser humano en tanto ser creativo y libre utiliza a la cultura como filtro o predeterminante de todas sus formas de reproducción social y material. Libertad aquí debe entenderse en términos filosóficos y no en términos sociohistóricos, pues todo contexto social restringe, de una forma u otra, la libertad creadora del ser humano. La cultura, al ser producto de esta libertad intrínseca del ser humano, puede ser libremente moldeada y transformada. La libertad implica elección, y la cultura, así como la identidad, puede elegirse mediante un proceso consciente y racional, donde se discierne sobre qué rasgos es conveniente mantener, desechar o reestructurar. Así, el género, en tanto que determinado por la cultura, puede ser deconstruido y reconfigurado.

El orden patriarcal dicta que el hombre, en tanto hombre debe poseer mujeres y recursos, y debe competir por ellos con otros hombres, con la finalidad de reafirmar su identidad, de imponerse sobre otros y otras, de reivindicar su dominio, y que, de no ser así, su cualidad de hombre estaría incompleta. Así, el hombre que no posee mujeres ni elementos de competencia es concebido como un no-hombre, un inútil para desempeñar actividades “varoniles”, un “poco hombre”.

Que el capital busque poseer cada vez más tierra, más recursos, más mano de obra a su disposición y más compradores a costa de apropiarse todo cuanto se atraviese a su paso, no es coincidencia. Tampoco lo es el que la competencia (o competitividad) sea el valor esencial del libre mercado y de la burocracia profesional, ni tampoco el que en sus más perversas consecuencias el capital utilice la violencia como estrategia de dominación y poder sobre los pueblos y la naturaleza.

Someter a evaluación crítica la forma en la que se construye la masculinidad es el primer paso que los  varones deben dar si se han de pronunciar ante el capitalismo. La posibilidad de relativizar la masculinidad y el “ser hombre” reconociendo sus múltiples expresiones en cuanto a identidad de género, sexo y preferencia sexual se refiere, podría acercarnos a una mirada aún más crítica y congruente.

Sentar las bases de una sociedad poscapitalista pierde sentido si no se cuestionan los criterios de posesión y competencia, que son pilares tanto del capitalismo como de la masculinidad dominante. Desde una perspectiva ecológica, el ser humano no debe intentar poseer recursos de la naturaleza si lo que pretende es respetar su ciclicidad y formas de reproducción; a lo mucho puede aspirar a coproducir junto con ella, de lo contrario, se traspasan límites irreversibles.

La misma relación ser humano-naturaleza puede trasladarse a relaciones entre seres humanos, en tanto que seres sociomateriales e históricamente determinados, sean éstas varón-varón, mujer-mujer o mujer-varón. La coproducción, un concepto propuesto por Jan Douwe van der Ploeg (2015)[1] para referirse a la relación equilibrada entre lo social y lo natural, que también puede entenderse como la complementación simétrica, equitativa, recíproca y no-obligada dentro de los procesos de reproducción socionaturales, es uno de los principios que deberían regir un nuevo paradigma posindustrial/pospatriarcal/posheteronormativo/posheterosexista/poscolonial.

Cualquier individuo varón o movimiento subalterno predominantemente masculino que desee proponer otras formas de entablar relaciones entre seres humanos y con la biosfera, libres de las relaciones capital-trabajo o de explotación, debe comenzar por cuestionar los contornos y fundamentos normativos de la masculinidad dominante, ya que constituyen una parte fundamental del sustento/dirección de las prácticas capitalistas de extracción de excedentes, explotación del medio ambiente, subordinación del trabajo doméstico y de subsistencia, y homogeneización de la diversidad de formas de producción, consumo y reproducción social.


Portada: Método Natural de Georges Hérbert


[1] Van der Ploeg, J. D.  (2015). El campesinado y el arte de la agricultura. Un manifiesto chayanoviano. Estudios Críticos del Desarrollo. Porrúa/UAZ. México.

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