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Defender DGI

El viernes pasado abrió el registro para ingreso a la UNAM en 2026 y en la comunidad educativa de Desarrollo y Gestión Interculturales (DGI) de la ENES León enfrentamos un gran reto con respecto a nuestra matrícula: por primera vez nuestra carrera aparece en una lista de programas de «baja demanda» de la Dirección General de Administración Escolar (DGAE) y corre el riesgo de no abrir en agosto.

Hago esta publicación para por ahora pedirles apoyo en la difusión de la convocatoria de ingreso, que cierra el 03 de febrero. Es apenas una ventanita de unos cuantos días que tenemos para lograr la mayor cantidad posible de aspirantes registrados. Así que si conocen personas interesadas, compartan con ell@s la convocatoria, por favor.

Desde hace varios años carreras como DGI han estado en el ojo de la DGAE y otras autoridades de la UNAM por no saturar la matrícula como las licenciaturas más taquilleras. Este año ya no se tuvo el reparo y nos sentenciaron colocándonos en una lista negra en el mismo instructivo de la convocatoria.

El riesgo parece inminente. Y la mirada centralista de las autoridades universitarias allá en CU, para variar, pretende ser medida de todas las cosas. Desde siempre padecemos la falta de reconocimiento a la realidad de nuestra región, además de la falta de consulta. Pero el problema es más profundo y nos atraviesa a las ciencias sociales y humanidades en general. Parece que la apuesta es asfixiarnos, confundirnos y marginarnos.

Tanto como egresado, como profesor, soy testigo del impacto social, comunitario y académico de DGI. Justo por estos días cumplo 6 años impartiendo clases en la licenciatura. En los últimos 10 años o más, he transitado por distintos espacios de trabajo como profesionista, y el único que por ningún motivo he querido abandonar es mi trabajo como docente en DGI. Y eso no responde a ninguna otra razón más que a la hospitalaria, sensible, crítica y vibrante comunidad educativa que se ha construido entre alumnxs, profesorado y egresadxs.

Frente a la lógica mercantilista dominante en la educación, DGI ofrece otro tipo de riquezas que escapan a los principios de masividad, rentabilidad y eficiencia. Un reservorio de saberes, valores y prácticas que defienden un abierto compromiso con la justicia social, la equidad y la diversidad cultural; una ética ecologista y la apuesta por una sostenibilidad que coloque al centro la interdependencia de la vida; las artes y la cultura como vía de cambio social; la promoción de los derechos humanos, la cultura de paz, la mediación social y la no violencia; así como la convicción en la autodeterminación de los pueblos, sus formas de organización y la protección a sus bienes culturales.

DGI es un frente más que necesitamos defender. El fascismo tiene diferentes resortes, perseguir el pensamiento crítico es uno. Permanezcan atentxs a lo que se nos viene. Necesitaremos mucha solidaridad.

Aquí pueden conocer los objetivos y el programa.

Convocatoria de ingreso a la UNAM 2026.

Instructivo para registro de aspirantes.

La academia

La academia revienta nuestra posición. Nos induce a pensar que somos circuitos cerrados, una etapa que sigue a otra, una interpretación dominante sobre lo que pensamos y vemos. Viene de lejos y nos obliga a responder con docilidad al pasado, como rindiendo un culto interminable. Las vacas sagradas solo existen para anular al rebaño, la manada; para negar la sacralidad al rebaño. Por eso la academia expulsa, construye cercos y subdivide a las gentes tanto como a los saberes. Parece que emula la autoridad del Estado, la Iglesia, el Partido, la Empresa. Pero no, es la autoridad misma.

No quiero ser académico, quiero pensar libremente, aunque esté en la academia con un pie o con apenas un dedo. Quiero poder ocupar otras topografías de razonamiento que no sean las del sitio mismo en el que la institución se institucionaliza. Quiero palabras simples que abran mundos completos, comunicarme desde todos mis poros sin restricciones.

Espero poder lograrlo, porque no voy, nunca, a ningún lado. Probablemente ahí está el cuento, la mejor narrativa, un ensayo abierto, sin apartado de conclusiones ni de referencias bibliográficas. Un relato abierto, al que se puede entrar por cualquier lado. Desde el Big Bang hasta la Guerra de las Galaxias; del colonialismo hasta el aparador que observo para comprar productos de higiene. ¿Por qué vamos a hacer lo que nos digan? ¿O a pensar como ellos quieren?

Unas notas que escribí para mi clase de Ética

Para Xavier Rubert de Ventós, en su libro Por qué filosofía, “verlo todo claro” es una necesidad más vital que intelectual en dos sentidos: “primitiva” y neurótica. Primitiva, porque trastoca nuestra necesidad antropológica de incorporar la realidad a nuestros marcos conceptuales o cultura, clasificarla, ordenarla y comprender sus causas; neurótica, porque “tenemos una necesidad convulsiva” de “entender y escudriñar el porqué” de lo que ocurre, y nos sentimos mejor con nosotros mismos si buscamos obsesivamente las razones de lo que nos pasa y de lo que acontece a nuestro alrededor.

Tener explicaciones que nos signifiquen nos produce una sensación de seguridad. Sin embargo, según su propuesta, la idea de hacer filosofía, filosofar o alimentar una actitud filosófica, consistiría en lo contrario: “no ver claro”. Aceptar que las cosas no son necesariamente lo que ya entendemos sobre ellas; que siempre hay más por delante de nuestras certezas; y que más nos vale conservar una apertura crítica ante el mundo que tiene de todo, menos descripciones concluyentes. Asumir que “no ver claro” nos conduce siempre a la pregunta, base del quehacer filosófico y fundamental para la humanización permanente de la experiencia humana.

Aplicada a la ética, la duda cumpliría la función de poner en cuestión lo que consideramos como correcto o incorrecto respecto de nuestros comportamientos, pensamientos y prácticas en un contexto social específico. Y esa actitud constituye una verdadera práctica de vigilancia moral. Ya sea como pareja, profesionista, trabajadr, amigx o vecinx, preguntarnos sobre lo bueno o malo de nuestras actitudes nos coloca ya en una disposición a encauzar mejor nuestras acciones, que tendrán siempre un efecto en las demás personas. El/la otrx es nuestro límite, y entablar contacto con otrx pone a prueba nuestra moral, es decir, nuestros valores. Por eso dudar éticamente sobre nuestra relación con otrxs es una tarea central si lo que deseamos es acercarnos a la justicia.

Para Rubert de Ventós, «no ver claro» es la expresión que surge del deseo o interés de conocer algo que se conoce parcialmente. Lo dice así: «solo el amor o el interés que por una persona o cosa tenemos nos hace sentir el alcance de nuestra ignorancia respecto de ella». Me lleva a pensar en esa sensación de falta que me produce aprender cosas, sobre todo las cosas que más deseo conocer.

Siempre quiero aprender más y, ahora lo veo claro, eso se deriva de mi profundo interés o deseo de entender mejor, aunque nunca lo consiga… Asumir que sobre algo «no vemos claro» lleva implícita una pregunta: ¿qué hay más allá? Ese ir más allá de las explicaciones dadas como verdades es el sustento de la filosofía; el verdadero pensamiento crítico y algo que ahorita me explico a mí mismo como humildad epistémica. Algo así como pensar: “no creo que lo que yo sepa sea lo único que pueda saberse al respecto de x”. Aplicado a la ética “no ver claro” podría entenderse como: “no estoy seguro de que mi comportamiento haya sido el más adecuado o el único posible”, sometiéndolo a su consiguiente revisión.

Seamos implacables

A veces el mundo parece inalterable desde nuestro diminuto cuerpo. Como si esa realidad dolorosa de guerra y muerte pasara por encima nuestro sin que podamos hacer algo al respecto.

Sostener esa postura nos conduce a un determinismo incapacitante, a la impotencia y a la individualización, muy funcionales al capitalismo que nos quiere divididxs, exhaustxs, desmovilizadxs y distraídxs.

La tarea de recuperar los hilos para salir del inmovilismo puede empezar por disputar las narrativas. Cuestionar es accionar, y las preguntas siempre abren posibilidades.

Contestar los conceptos impuestos desde las esferas políticas y mediáticas del poder, que pretenden nombrar por nosotrxs nuestra propia experiencia, también es pensamiento revolucionario.

Organizarse, salir a las calles, trascender el activismo digital puede resultar complejo y abrumador. Empecemos entonces por los lugares que habitamos.

Es en nuestro entendimiento, vínculos y ámbitos comunitarios donde se sostienen las jerarquías que el poder necesita para normalizar un mundo desigual, atroz e injusto. Seamos implacables.