La academia revienta nuestra posición. Nos induce a pensar que somos circuitos cerrados, una etapa que sigue a otra, una interpretación dominante sobre lo que pensamos y vemos. Viene de lejos y nos obliga a responder con docilidad al pasado, como rindiendo un culto interminable. Las vacas sagradas solo existen para anular al rebaño, la manada; para negar la sacralidad al rebaño. Por eso la academia expulsa, construye cercos y subdivide a las gentes tanto como a los saberes. Parece que emula la autoridad del Estado, la Iglesia, el Partido, la Empresa. Pero no, es la autoridad misma.
No quiero ser académico, quiero pensar libremente, aunque esté en la academia con un pie o con apenas un dedo. Quiero poder ocupar otras topografías de razonamiento que no sean las del sitio mismo en el que la institución se institucionaliza. Quiero palabras simples que abran mundos completos, comunicarme desde todos mis poros sin restricciones.
Espero poder lograrlo, porque no voy, nunca, a ningún lado. Probablemente ahí está el cuento, la mejor narrativa, un ensayo abierto, sin apartado de conclusiones ni de referencias bibliográficas. Un relato abierto, al que se puede entrar por cualquier lado. Desde el Big Bang hasta la Guerra de las Galaxias; del colonialismo hasta el aparador que observo para comprar productos de higiene. ¿Por qué vamos a hacer lo que nos digan? ¿O a pensar como ellos quieren?
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